La criminología crítica según Zaffaroni

La síntesis digital de La cuestión criminal sigue su curso, así como la publicación impresa de la colección elaborada por Eugenio Raúl Zaffaroni y sus colaboradores. En esta ocasión Espectadores presenta los puntos sobresalientes del undécimo fascículo.
————————————————-

 Desde los años ’30 la sociología norteamericana venía demoliendo la visión convencional de la sociedad. En este clima que se extendió por más de dos décadas, la criminología sociológica empezó a reparar en la importancia del poder punitivo.

 Hasta ese momento el delito podía atribuirse a muchos factores, incluso al poder mismo, pero nadie se ocupaba del sistema penal en particular. No obstante, no se podía seguir avanzando sin tomarlo en cuenta y, al hacerlo, podemos decir que “se cayó la estantería” (en términos científicos Kuhn hablaba de “cambio de paradigma”).

 A esta criminología académica que incorporó al poder punitivo se la llamó “criminología de la reacción social” o “criminología crítica”. Su crítica al sistema penal puede circunscribirse al aparato represivo (la policía, los jueces, los penitenciarios) o elevarse a diferentes niveles del poder (social, económico, político) y por lo tanto al poder en general.

 Se ha dicho que una corriente de la criminología crítica (llamada “liberal” con tono peyorativo) se queda en el nivel de los perros de abajo (under dogs), y a lo sumo llega a los perros del medio (middle dogs). En cambio, existe otra corriente (llamada “radical”) que se les anima a los perros de arriba (top dogs). En los ’70 la discusión entre ambas era fuerte, pero en las últimas décadas el giro brutalmente regresivo de la represión penal -especialmente en los Estados Unidos- ha convocado a cerrar filas.

 La criminología de la reacción social llegó a América Latina también en los ’70, y la difundieron dos distinguidas criminólogas venezolanas: Lola Aniyar de Castro desde la Universidad del Zulia y Rosa del Olmo desde la Central de Caracas. En nuestro país, sus seguidores debieron exiliarse durante la dictadura: entre otros, Roberto Bergalli en Barcelona, Luis Marcó del Pont y Juan Pegoraro en México. Durante los años sangrientos esta criminología sólo se comentaba en pequeños cenáculos, mientras las cátedras seguían languideciendo en el rincón de las facultades de Derecho (en la de Buenos Aires con el más puro positivismo peligrosista).

 La criminología liberal se anunció desde los años ’50, procedente de la sociología general, y en particular de la psicología social (con el interaccionismo simbólico) y de la filosofía (con Husserl). Dentro del interaccionismo simbólico, el sociólogo más importante fue Erving Goffman, para quien la sociedad funciona como un teatro con actores, público y organizadores.

 Imaginemos que me invitan a dar una conferencia: yo espero del público que escuche; el público espera de mí que dé una charla más o menos interesante; tanto el público como yo esperamos de los organizadores que todo esté en orden… Pues bien, todos nos vamos contentos si estos reclamos recíprocos (conocidos como “demandas de rol”) se satisfacen. En caso contrario (si por ejemplo me pongo a ladrar, y el público me grita y los organizadores tiran todo por la borda), las demandas de rol no se satisfacen y se producen las denominadas “disrupciones” (que también ocurren en la vida real).

 Sean positivos o negativos, los roles operan de la misma manera. En general respondemos a las demandas de rol, para evitar las disrupciones y por lo tanto el enojo ajeno. Esto es lo que va configurando nuestro “mi”, y lo que prueba que en buena medida somos como los otros nos lo demandan.

 Dentro del mismo intraccionismo simbólico fue determinante Outsiders (1963), libro de Howard Becker que consolidó la teoría del etiquetamiento (en inglés “labeling approach“) y que descubrió 1) que la desviación es provocada; 2) que las reglas son fabricadas por una empresa moral; 3) que no se estudia a los fabricantes de las reglas (empresarios morales) sino a las personas a quienes se les aplica la etiqueta que las deja fuera (outsiders).

 Esta crítica le propicia un golpe muy fuerte al poder punitivo porque pone de manifiesto el reparto arbitrario de las etiquetas, y porque arroja dudas no ya sobre los subordinados (los perros de abajo) sino sobre los altos responsables del poder que deciden la legislación penal y orientan la selección de las personas a criminalizar (los top dogs).

 Al panorama del interaccionismo simbólico lo completó desde Gran Bretaña Denis Chapman con el libro Sociología y el estereotipo del criminal (1968), donde esclarece cómo se selecciona para criminalizar conforme a estereotipos que son creados como síntesis de los peores prejuicios de una sociedad y que no responden sólo a cuestiones de clase ni de capacidad económica.

 El concepto de estereotipo es hoy indispensable para explicar la selección criminalizante policial o judicial. En el barrio lo suelen llamar “pinta de chorro” y es una suerte de uniforme del outsider. Por efecto de las demandas de rol, no es algo sólo externo, sino que el portador también lo incorpora porque se lo va obligando a asumir el personaje a medida que responde a las demandas de los otros: su “mi” va siendo como los otros lo ven.

 Desde la filosofía Husserl planteó el problema de la intersubjetividad, que también interesó a la sociología. En términos de cuestión criminal, cabe destacar la contribución procedente de La construcción social de la realidad, pequeño libro que un austríaco (Peter Berger) y un alemán (Thomas Luckmann) publicaron en 1966 y que hoy es un clásico en las carreras de Comunicación.

 La investigación se refiere a los conocimientos de sentido común sin los cuales no podríamos actuar en sociedad. Así, vivimos en un mundo de interpretaciones compartidas, intersubjetivas que se sedimentan con el tiempo y se objetivan y tipifican hasta volverse habituales y anónimas.

 Estos hábitos sedimentados adquieren carácter estable, preceden a nuestra vida y están sometidos al control social. El más importante instrumento de legitimación es el lenguaje, cuya lógica se da por establecida. De este modo, los conocimientos de sentido común (que son subjetividades compartidas) se objetivan y devienen cosas: se produce entonces el fenómeno de reificación (de “res”, vale decir, cosa).

 Berger y Luckmann explican que en la relación interpersonal el otro siempre es visto como un ser-como, es decir, en un rol. Por ejemplo, el chofer del ómnibus nos ve como pasajeros y nosotros a él como chofer.

 Es bastante clara la influencia de Heidegger: el ser humano, en vez de percibirse como productor del mundo, lo hace como producto de éste. Los significados humanos dejan de verse como nuestra propia obra, sino como productos de la naturaleza de las cosas. Así explicamos la esclavitud, el colonialismo, la guerra y tantas otras aberraciones históricas.

————————————————-
La versión completa de este fascículo se encuentra aquí.

Published by

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

2 thoughts on “La criminología crítica según Zaffaroni

  1. Excelente análisis, que bueno que podré dar con los autores que dieron a Zaffaroni la idea de la culpabilidad por la vulnerabilidad.

¿Con ganas de opinar?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s