El parto sociológico según Zaffaroni

A continuación, Espectadores publica la síntesis de la novena entrega de La cuestión criminal de Eugenio Raúl Zaffaroni. Quizás se trate del resumen más acotado hasta ahora, pues este capítulo transita con lujo de detalles la historia de la sociología. Hoy más que nunca conviene echarle un vistazo al material original (cuyo link figura al pie de esta página).
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 La vieja criminología etiológica de médicos y abogados languidecía en los rincones de nuestras facultades de derecho, pese a la buena fe de muchos expositores que no lograban acercarse al fenómeno desde la perspectiva del grupo humano y menos del poder. De vez en cuando espolvoreaban su olla con un poco de sal social (“cuando se abre una escuela se cierra una cárcel” decían), pero ignoraban a criminales que nunca irían a prisión y que además habían frecuentado muy buenas escuelas.

 Al mismo tiempo, la sociología fue obteniendo patente académica alrededor de la cuestión criminal. Como la criminología, la sociología moderna también nació del entrevero entre el poder y la cuestión criminal. Pero en tanto la criminología quedó atada a Spencer, la sociología moderna se desprendió del contenido reaccionario de sus ideas y adquirió vuelo propio en Europa continental hasta la primera guerra mundial (1914-1918).

 Entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX aparecieron los sociólogos que abandonaron las lucubraciones de sobremesa. Entre los padres fundadores figuran los franceses Emile Durkheim y Gabriel Tarde y los alemanes Max Weber y Georg Simmel. Su importancia se debe menos a sus afirmaciones que a su condición de precursores: Durkheim y Weber, pioneros de la denominada “sociología funcionalista y sistémica”, en tanto Tarde y Simmel del llamado “interaccionismo”.

 Desde lo macro, Durkheim pensaba que el delito cumplía la función social positiva de provocar un rechazo y con eso reforzar la cohesión de la sociedad. Entendámonos: Durkheim no consideraba positivo que alguien descuartizara a su abuela, sino la reacción social de cohesión que ese crimen provocaba. De esta forma despatologizaba al delito, lo consideraba normal en la sociedad.

 En Alemania, Weber también pensaba en lo macro y acentuaba la importancia de las ideas para avanzar a través de los sistemas de autoridad, que pasaban del ancestral al carismático y luego al legal-racional (éste sería el de las grandes burocracias que regían en los países centrales y que se extenderían a todo el mundo). En tal sentido, este sociólogo sostenía que el protestantismo había facilitado el desarrollo del capitalismo.

 En tanto, Tarde se fijaba más en la imitación como clave de las conductas, impresionado por el poder que adquiría la prensa, en especial con el escándalo del caso Dreyfus, que provocó un brote antisemita reaccionario y monárquico responsable de dividir a Francia quizás hasta al gobierno de Vichy. A diferencia de Durkheim, se daba cuenta de la existencia de la enorme cantidad de delitos impunes, y adelantaba así la cuestión de la selectividad.

 Por su parte, Simmel observó que la esencia de lo social es la interacción entre las personas, y que cada día tenían menos valor las capacidades individuales en la sociedad industrial.

 Es evidente que en Alemania no podía obviarse a Karl Marx, pese a que no fue sociólogo. Pero, por un lado, las ideas de Weber responden a un debate con Marx (algunos historiadores afirman que toda la sociología alemana de la época lo hizo) y, por otro lado, Marx se refirió sólo muy tangencialmente a temas penales y criminológicos. En realidad, la criminología marxista no se apoya en las escasísimas referencias de Marx al tema, sino en la aplicación que los criminólogos marxistas hicieron de las categorías de análisis.

 Todo este riquísimo debate sociológico de fines del siglo XIX se agotó en Europa con los padres fundadores, que por coincidencia murieron cerca del final de la guerra del ’14. En más, hacia 1920 la sociología europea se opacó.

 El gran beneficiario de la primera guerra mundial fue Estados Unidos, que no la sufrió en su territorio. El Presidente Wilson pensaba ratificar el tratado de paz de Versailles, pero los republicanos ganaron las elecciones, asumieron pésimos presidentes, no ratificaron el tratado de paz y Europa quedó sola y devastada, con una masiva corriente de emigrantes hacia Norteamérica.

 Mientras Europa no lograba explicar su eclipse y dominaban las respuestas de iluminados como Hitler, Mussolini, Dollfuss, Stalin, Oliveira Salazar, Pétain o Franco, Estados Unidos estaba en la cresta de la ola: le llovían capitales y millones de emigrados europeos, sus ciudades crecían de modo incontenible, el melting pot era más pot que melting, la especulación financiera alcanzaba el nivel de un verdadero orgasmo económico. Todo esto creaba problemas que llamaron la atención de los sociólogos norteamericanos.

 Por efecto de la autonomía académica, una cosa fue la administración y el gobierno (y la Suprema Corte) de Estados Unidos, que seguían en la línea del spencerianismo racista admirado por Hitler en Mein Kampf, y otra lo que ocurría en las universidades, donde se respiraban otros aires: Franz Boas renovaba la antropología y sentaba las bases del culturalismo, que dejaba de lado los pretendidos naturalismos biologistas y creaba la escuela en que descollarían Margaret Mead, Ruth Benedict y Clyde Kluckhohn.

 En este clima la cuestión criminal empezó a ser estudiada sociológicamente, con investigaciones de campo, con preguntas sobre las condiciones del delito en la sociedad. De este modo, el paso del primado de la sociología de Europa a Estados Unidos dio comienzo a una nueva etapa de la criminología.

 Sin embargo, la criminología siguió arrastrando durante décadas una falla fundamental: continuó preguntándose por el delito y dejó de lado el funcionamiento del poder punitivo. Así, excluía al aparato penal estatal del campo de investigación. Si bien no lo legitimaba activamente, lo legitimaba por omisión (si no me pregunto por algo, es porque creo que funciona bien).

 Recién a fines de la década del ’70, la criminología etiológico-social se hizo esta pregunta. De hecho, además de sepultar la carga de racismo manifiesto de su precedente, dio el paso necesario para llegar a lo que hoy parece casi evidente: no podemos explicar el delito sin analizar el aparato de poder que decide la definición y la represión del delito.

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La versión completa de este fascículo se encuentra aquí.

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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