La criminología del rincón según Zaffaroni

Espectadores transcribe hoy los siguientes párrafos del octavo fascículo de La cuestión criminal. Cabe recordar que la síntesis digital se actualiza cada sábado en esta sección promocionada desde el blogroll.
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 El racismo del neocolonialismo con su reduccionismo biologista no podía menos que terminar muy mal. Fue funcional mientras sirvió para legitimar el poder del dominio colonialista y controlar a las clases molestas de los países centrales. Pero estalló cuando se lo usó para legitimar un poder punitivo sin limitaciones dentro de la misma Europa y por una potencia considerada en la punta de la civilización.

 Cuando después de la Primera Guerra Mundial decidieron cobrarle a Alemania deudas que no podía pagar, los aliados humillaron y desestabilizaron a la frágil República de Weimar. Abrieron así el espacio político para un cabo extra-sistema y para un grupo de desaforados nacionalistas radicalizados que tomaron el vértice de un Estado conformado desde mucho antes por corporaciones fuertemente verticalizadas.

 Los nuevos conductores nazistas usaron el poder punitivo para homogeneizar el frente interno, mediante un nuevo Satán, y para elevar al máximo el verticalismo social. Prepararon a la sociedad para colonizar el planeta, con la lógica de que la verticalización anuncia colonización.

 El nacional-socialismo alemán rompió con la relativa prudencia de las clases tradicionales y, como el discurso positivista no lo había limitado, siguió legitimando un poder punitivo desenfrenado. Ideológicamente no inventó casi nada sobre la cuestión criminal: usó lo que otros habían inventado.

 Cuando se considera que el ser humano es un ente puramente biológico, que mejor construido está destinado a usar a los humanos defectuosos o menos sofisticados, no es nada difícil concluir que estos últimos pueden ser destruidos si obstaculizan a los más perfeccionados. El aniquilamiento de las razas inferiores y molestas es casi un corolario de ese punto de partida.

 Existe un capítulo anglosajón de la criminología positivista que fue el prolegómeno del uso nazista del reduccionismo biologista aplicado al control social represivo. Casi se lo borró de los manuales corrientes de criminología (de hecho suena a un mal recuerdo) pero vale rememorarlo en nuestro tiempo nada ajeno a peligrosos rebrotes de biologismo criminal.

 Nos referimos a la eugenesia, pergeñada en los papeles en Gran Bretaña, pero llevada a la práctica hasta extremos inadmisibles en los Estados Unidos muchos años antes que en Alemania. Por lo pronto, a fines del siglo XIX, el inglés Francis Galton (primo de Darwin) dijo haber calculado el número exacto de genios que habían producido los griegos, e inventó una ciencia para el mejoramiento de la raza (que bautizó con el nombre de eugenesia).

 Después de cruzar el océano Atlántico, los libros de Galton desembarcaron en tierras diferentes. Por un lado, con la pretendida verificación de los médicos sobre taras hereditarias causantes del delito; por otro lado con una sociedad muy compleja cuyos habitantes originarios se hallaban rodeados de extraños con los que no se mezclaban.

 Estos extraños eran los afroamericanos liberados décadas atrás, que no se logró expulsar a Liberia ni a México, pero que ni el propio Lincoln consideraba norteamericanos. A ellos se sumaban los inmigrantes europeos que pretendían obtener mejoras sociales y predicaban el socialismo y el anarquismo. Y para colmo, por el sur, estaban los mexicanos.

 La popularidad de los científicos racistas y sus vínculos políticos con algunos Presidentes decidieron la política migratoria de esos años, que rechazaba a las razas inferiores y privilegiaba a la nórdica, calificada por Adolf Hitler como la única racional en Mein Kampf.

 En 1907 Indiana asistió a la sanción de la primera ley de esterilización forzada, que la mayor parte de los estados norteamericanos copió en los años siguientes. En función de esas leyes, se esterilizó a muchos miles de oligofrénicos, epilépticos, sordomudos, indios, ciegos, delincuentes, enfermos mentales. La Suprema Corte validó la constitucionalidad de esas leyes y de las que prohibieron el matrimonio entre afroamericanos y blancos (cuya inconstitucionalidad se declaró recién en 1957).

 Los penalistas comenzaron a ponerse nerviosos en Europa. Como les gustaba cada vez menos que la criminología les dijese qué hacer, decidieron recuperar su territorio por razones puramente académicas. No se quejaban del potencial genocida del positivismo biologista; lo que no soportaban era quedar subordinados a los médicos.

 Por consiguiente los penalistas fueron arrinconando a los criminólogos. Decidieron que éstos debían limitarse a explicar las causas de las conductas previamente identificadas como delitos. No los echaron de las facultades de Derecho pero los dejaron en un rincón con sus cráneos y restos en formol.

 Los penalistas afirmaron que no existía ninguna ciencia natural llamada criminología, sino un conjunto de conocimientos auxiliares del derecho penal que eran convocados cuando éste lo consideraba conveniente y nada más. La criminología positivista biologista se convirtió entonces en un orden de conocimientos serviles al derecho penal.

 Sin embargo, la criminología arrinconada siguió tan racista como antes. De hecho, enriqueció su biologismo con las novedades médicas, fundamentalmente con el descubrimiento de la endocrinología y con las clasificaciones según los biotipos (o sea que volvieron a correlacionarse caracteres físicos y psicológicos al estilo de los fisiognomistas).

 En el período de preguerra se hallaba, por un lado, la posición genética asumida por el nazismo, que no daba otra solución que impedir la reproducción, y que por lo tanto deducía la necesidad de matar a todos los inferiores incluyendo a los niños. Por otro lado, estaba la tesis de la transmisión de los caracteres adquiridos, cuya consecuencia era que los niños debían ponerse al cuidado de las familias sanas.

 Esta segunda variante fue la que predominó en la dictadura franquista, comandada por Antonio Vallejo Nágera, dueño de la psiquiatría oficial española y jefe de los campos de concentración nacionales. También la que inspiró a los criminales contra la humanidad en nuestro país.

 La criminología del rincón entró en crisis después de la guerra. De hecho, el racismo desapareció mágicamente en el Congreso Mundial de Criminología celebrado en París en 1950 y presidido por Donnedieu de Vabres, juez francés en Nürenberg. Nadie quiso cargar con sus letales consecuencias.

 Sería injusto no señalar que desde fines del siglo XIX también se escucharon algunas voces prudentes, como la de la criminóloga española y feminista Concepción Arenal. Si bien nuestra tradición criminológica latinoamericana fue tributaria de la criminología del rincón, entre nuestros criminólogos de posguerra hubo quienes no tuvieron nada que ver con las ideas racistas.

 La agonía de la criminología del rincón estaba señalando que la hegemonía del discurso criminológico pronto dejaría de estar en manos de médicos y abogados para pasar a otra corporación de especialistas. Empezaba la era de los sociólogos, que en los Estados Unidos y desde décadas antes habían comenzado a investigar a partir de una perspectiva diferente. Ellos anunciaron la recta que habría de conducir a los planteos actuales.

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La versión completa de este fascículo se encuentra aquí.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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