El apartheid criminológico según Zaffaroni

Espectadores comparte hoy los párrafos fundamentales del séptimo fascículo de La cuestión criminal. De paso, aprovecha este post para anunciar el cambio de portada efectuado antenoche en el blogroll.
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 El llamado “positivismo criminológico” resultó de la alianza del discurso biologista médico con el poder policial urbano europeo. Después de armarse en el hemisferio norte, se extendió al sur del planeta como parte de una ideología racista que se generalizó en la segunda mitad del siglo XIX y que concluyó en la Segunda Guerra Mundial.

 No tiene un autor: tiene muchos y de todas las nacionalidades. Los criminólogos positivistas no fueron más que una de las múltiples manifestaciones de todos los pensamientos encuadrados en ese paradigma.

 Dicho más descarnadamente, el positivismo criminológico empezó décadas antes de Cesare Lombroso: con los médicos autores de las primeras teorías sobre una etiología orgánica del delito –y sobre la inferioridad de los colonizados– que terminó en los campos de exterminio nazistas.

 Como el racismo era un paradigma, poco importaba la ideología política de los protagonistas porque todos se movían dentro de ese marco. José Ingenieros –que era socialista y es considerado el fundador de la criminología argentina– no compartía la teoría lombrosiana, pero profesaba una cerrada convicción racista. La puso de manifiesto en un horripilante artículo de 1906, “Las razas inferiores”, donde habla de “harapos de carne humana” y justifica la esclavitud. Parece escrito en pleno brote psicótico de racismo agudo.

 La tendencia a deducir caracteres psicológicos a partir de datos físicos u orgánicos se remonta a un viejo tratado de “fisiognomía” atribuido falsamente a Aristóteles, y recobró fuerza en el Renacimiento. El origen de este supuesto saber se halla en la clasificación y jerarquización de los animales según virtudes y defectos humanos: perro fiel, gato diabólico, cerdo asqueroso, etc.

 En 1876, Lombroso dio a luz la primera edición de L’uomo delincuente, donde afirmaba que los caracteres físicos permitían reconocer al “criminal nato” como una especie particular del género humano. La criminología se llamaba entonces “antropología criminal”, y se ocupaba de un objeto biológico diferenciado. Algún extremista la consideró una rama de la zoología.

 ¿Cómo explicaba al “criminal nato”? Por su semejanza con el salvaje colonizado, aduciendo que las razas salvajes eran menos evolucionadas que la raza blanca europea. Se trataba de blancos que habían nacido mal terminados, sin el último golpe de horno.

 Lombroso estaba infiltrado de claros elementos estetizantes. En su tiempo los colonizados eran feos y malos, porque habían hecho algunas diabluras como fusilar a Maximiliano en México, parar la flota en el Paraná, echarse a los franceses en Haití. Nuestros tipos humanos contrastaban con la blanca belleza europea protegida del sol mediante sombrillas y encorsetada.

 Hoy sabemos que la policía selecciona por estereotipos y que éstos se forman a través de la comunicación en base a prejuicios conformados por valores estéticos, y a la regla de asociar lo feo a lo malo. En definitiva se reproduce el mecanismo de la fisiognómica: se define “lo feo”, se le asocia “lo malo” y se acaba seleccionando “lo malo” mediante lo “feo”.

 En definitiva, Lombroso –que era un observador meticuloso– nos legó la mejor descripción de los estereotipos criminales de su tiempo.

 En la Argentina fue Luis María Drago quien divulgó tempranamente las tesis lombrosianas en una conferencia titulada “Los hombres de presa”, y luego publicada en versión italiana con prólogo del propio Lombroso. El positivismo impactó tanto en nuestra tierra que no sólo lo acogieron las cátedras de todo el país –incluyendo la de Córdoba– sino que se invitó a Lombroso. No vino por razones de salud, pero en el centenario sí vino Enrico Ferri, su discípulo jurista.

 Como penalista, Ferri sostenía que la pena debía tener la medida de la peligrosidad que lógicamente, a falta de un “peligrosímetro”, medían a “ojímetro”. El juez se convertía en un policía más.

 Tras recorrer prostíbulos y otros antros, los criminólogos positivistas concibieron el concepto de “mala vida” al que le dedicaron libros en Roma, Madrid, Barcelona y también Buenos Aires. El de aquí lo publicó en 1908 Eusebio Gómez, destacado profesor de derecho penal de la UBA: el prólogo de José Ingenieros no tiene desperdicio por su ampulosidad biologicista.

 Como resultado de esta experiencia, los positivistas propusieron leyes de “estado peligroso predelictual”. Si se sabía que quien andaba en la “mala vida” desembocaría en el delito, lo más natural era detectarlo antes y meterlo preso.

 El gravísimo problema del positivismo criminológico era que no podía negar que se criminalizaba por decisión política, y que lo prohibido cambiaba de tiempo en tiempo y de sociedad en sociedad. A salvar este escollo se dedicó otro jurista italiano seguidor de Lombroso y Ferri: el barón Raffaele Garofalo, inventor del “delito natural”. Su Criminología de 1885 racionaliza con increíble ingenuidad las peores violaciones a los derechos humanos.

 Para Garofalo el “delito natural” sería la lesión al sentimiento medio de piedad o de justicia imperante en cada tiempo y sociedad. Así construía un cuadro de valores lesionados donde colocaba los distintos delitos.

 Como puede verse, el positivismo criminológico desembocaba en un autoritarismo policial que se correspondía con un elitismo biologicista. Además del neocolonialismo, legitimaba la represión de las clases subordinadas en el interior de las metrópolis colonialistas. Las elites de esas sociedades temían la insubordinación y perseguían a los disidentes “agitadores”.

 El positivismo restauró así la estructura del discurso inquisitorial: la criminología reemplazó a la demonología para explicar la etiología del crimen; el derecho penal mostraba sus “síntomas” o “manifestaciones” al igual que las antiguas “brujerías”; el derecho procesal explicaba la forma de perseguirlo sin muchas trabas a la actuación policial (incluso sin delito); la pena neutralizaba la peligrosidad (sin mención de la culpabilidad) y la criminalística permitía reconocer las marcas del mal (los caracteres del “criminal nato”).

 Todo esto volvía a ser un discurso con estructura compacta alimentado con los disparates del nuevo tiempo histórico.

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La versión completa de este fascículo se encuentra aquí.

Publicado por

María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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