El descenso de River, y una explicación que distingue entre nosotros, ellos y los otros

Por Esteban Giler
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Como todos saben, aún aquellos que jamás vieron un partido de fútbol, el domingo 26 River Plate descendió por primera vez en la historia, tras empatar con Belgrano de Córdoba. La noticia meramente deportiva, importante y relevante per sé, dejó paso sin embargo a otra directamente vinculada: la de los disturbios al término del encuentro, provocados por algunos hinchas millonarios.

En realidad debería hablarse con rigor técnico de incidentes que provocaron el fin del partido. Es decir, el partido finalizó antes por los desmanes.

Los argentinos y el fútbol
En nuestro país la relación con el fútbol pasa por uno de tres carriles: por el primero transitan los totalmente indiferentes; por el segundo aquellos a los que el fútbol les gusta pero sin despertarles grandes emociones; por el último circulan los apasionados, tal vez los más numerosos.

Obviamente hay subgrupos, pero a grandes rasgos todos los habitantes pueden subsumirse en estas tres categorías, con un pequeño resquicio para quienes odian el fútbol, es decir, los que no son indiferentes sino que son cruzados contra lo que ven como cierto opio de los pueblos.

Dificilmente los integrantes de cada grupo puedan comprender cabalmente a los de los restantes, especialmente en los extremos.

Hinchas e hinchas
El fútbol, y más específicamente, el equipo propio representa muchísimo para el hincha. De ello no se sigue que todo hincha sea fanático, y mucho menos que vaya a provocar destrozos o a lastimar a alguien sólo por ser de otro club. Pero para todo futbolero “de ley” el equipo simboliza cuestiones que atañen profundamente a lo sentimental, a lo afectivo, más que a lo racional.

Es muy extraño que una persona se vuelva futbolera de grande. Es en la infancia cuando se define primero esa afición por un deporte, y luego el sentimiento por un equipo. “¿De qué cuadro sos?” es una de las primeras preguntas que se hacen dos niños cuando se conocen. El equipo define identidad, ya desde ese momento. Queda entonces la situación planteada en términos de “nosotros”, “ellos” y “los otros”. Si bien ellos son los otros, no todos los otros son ellos. Los “ellos” son los del máximo rival, sea cuál fuere.

Aún en los más racionales hinchas de fútbol esa identificación infantil sigue vigente. Como medio de transporte a una infancia seguramente menos complicada, y también como rasgo distintivo. Alguna vez se ha dicho que es más fácil cambiar de pareja, de religión o de ideología política que de equipo de fútbol. Y es cierto. Puede no ser lógico, pero no por ello deja de ser cierto.

Los barrabravas
Al mismo tiempo, y desde hace años, en la Argentina ha aparecido otra clase de “público futbolero”, los barras. Tal vez se acerquen al club por una cuestión afectiva, pero así como les pasa a los jugadores cuando se hacen profesionales, al comenzar a trabajar de eso (de barras o de futbolistas), la cuestión sentimental pasa a un segundo plano, relegada por la económica.

Ser barrabrava es un trabajo. Ilícito y repudiable, pero es un trabajo. El barrabrava no es un hincha exaltado, es alguien que vive (a veces muy bien) de esa tarea. Además de serle funcional al club, también suele responder a algún puntero político. Por eso, mientras se dedica full time a su “labor”, obtiene un respaldo que no conseguiría como simple desaforado.

La cancha
La cancha, además, otorga a todos, barras o no, un espacio en el que la responsabilidad personal se licúa. El hombre habitualmente aspira y anhela tener una individualidad marcada, pero al mismo tiempo necesita pertenecer a un grupo, y, en algunos casos, mientras más grande, mejor.

Las tribunas de fútbol de un mismo equipo otorgan ese espacio, y posibilitan también que el hincha se funda con la masa. Esto no implica que deje de lado su voluntad personal, o la libre determinación de sus acciones, sino que le es factible actuar de un modo que en solitario ni siquiera pensaría.

Un insulto proferido en el medio de 500, 5.000 o 50.000 personas es mucho más fácil de hacer que cara a cara, o en un grupo reducido de personas. La cancha, como un recital, ayuda a eso.

Si se le suma el componente pasional que además está directamente influenciado por un resultado competitivo, el cóctel comienza a ser explosivo. Y puede estallar cuando el equipo de fútbol es lo único que un sujeto dado considera como bueno en su vida. Para algunos la suerte de su equipo es lo único que puede generarles alegrías. Y por lo tanto, la tristeza que le genera un mal resultado es la contracara de tal felicidad.

La derrota
Cuando la derrota es de gran envergadura (siendo el descenso la eventualidad de máxima en ese aspecto) suelen darse hechos de violencia. Que no por repetidos y previsibles deben ser justificados, pero que sí deberían ser estudiados en detalle y sin extrapolar soluciones relativamente análogas.

Yendo a lo particular, el descenso de River Plate derivó en incidentes gravísimos, donde intervinieron hinchas exaltados y también barras. Va de suyo que la gran mayoría de los millonarios que estaban en las tribunas se fueron con tristeza, pero tranquilos y sin ánimos de gritarle alguien.

Otros expresaron su furia como espasmo prácticamente, pero los espasmos se van rápido, y en general quedan en incidentes menores. Los graves no los produjeron hinchas enojados, sino barrabravas que vieron peligrar su negocio.

Tampoco ayudó el multitudinario pero ineficaz operativo de seguridad que no sólo no evitó los desmanes, sino que incluso provocó más furia al reprimir (como suelen acostumbrar las fuerzas de seguridad) al voleo y al primero que estuviese cerca. Sin dudas, también influyó el fogoneo constante de los medios en su apocalíptica doble visión de que iban a ocurrir incidentes y de que el descenso era un drama insoportable.

El negocio
Las causas del desastre son muchas, y la solución es simple de sugerir, pero difícil de practicar. No se trata de aumentar las penas, simplemente se trata de quitarles protección a los que hacen de la violencia su medio de vida.

Al exaltado se lo calma fácil, al profesional de los disturbios, no. Claro que ese negocio no es exclusivo del violento, sino también de quien lo utiliza, sea dirigente deportivo o político. Ayudaría también que el mensaje respecto del fútbol bajase los decibeles, que no todo sea cuestión de vida o muerte. Pero ahí también el negocio es muy grande, y sus dueños no querrán resignarlo.

En el medio quedan los hinchas genuinos, que sufren con los avatares de su equipo, que sufren cuando ven su club destruido y/o sancionado, que a veces incluso son lastimados, o reprimidos, y que incondicionalmente seguirán acompañando, porque su club, su equipo, es parte de su vida.