Aballay

Los espectadores argentinos deberíamos celebrar el estreno de Aballay por varios motivos. El principal: la película de Fernando Spiner oxigena nuestra tradición cinematográfica con una propuesta atípica que nos retrotrae a un pasado originario poco frecuentado (reducido automáticamente a la figura literaria de Martín Fierro) y que confía roles protagónicos a actores ajenos al candelero mediático como Pablo Cedrón y Claudio Rissi.

Esta primera constatación evoca el intercambio de opiniones publicadas a propósito de Temple de acero, y de la diferencia entre nosotros y los norteamericanos que a través del cine construyeron un relato fundacional, unificador y de envergadura masiva a partir de sus cowboys y el Lejano Oeste. Desde esta perspectiva, Aballay habría roto con décadas de indiferencia de un cine más porteño que nacional, más sensible a lo urbano que a lo rural (con la salvedad de contadas excepciones).

Basados en el cuento homónimo de Antonio Di Benedetto, Spiner y sus co-guionistas Javier Diment y Santiago Hadida retoman elementos de la narrativa clásica: el enfrentamiento entre el bien y el mal en torno a la necesidad de reparar el daño que la ausencia de justicia contribuye a exacerbar y prolongar (la palabra «venganza» ensuciaría la nobleza del joven Julián); la intervención del amor como fuente inspiradora de gallardía y superación; la redención del pecador que se reconoce como tal y que por lo tanto se somete a un destino donde la sanción divina tarde o temprano llegará.

Pero el realizador y su equipo también se permiten desafiar reglas convencionales cuando, por ejemplo, subvierten las exigencias de linealidad temporal, y proponen un relato que alterna presente y pasado para subrayar la perennidad de los actos -sobre todo de los crímenes- que no prescriben. O cuando contravienen la exigencia de un héroe único (aquí la heroicidad es compartida por el mencionado Julián y por Aballay).

La argentinidad de este western nacional va más allá de la caracterización de los personajes (pocas veces tan atinada, desde el vestuario y el maquillaje hasta el respeto por la tonada provinciana y la pronunciación del castellano ibérico en caso del sacerdote español) y de la hermosa fotografía del paisaje tucumano. Aparece, por ejemplo, en los guiños de la Marcha de San Lorenzo silbada con imprecisión o del discurso que improvisa el malvadísimo Muerto cuando presenta a su mujer después de enumerar los tres valores más importantes «en este país»: Dios, Patria y Familia.

Irreprochable es el adjetivo que mejor define a un elenco donde nadie desentona, aún cuando algunos rostros puedan distraernos de la ficción (da gusto reencontrarse con Luis Ziembrowski, Gabriel Goity, Horacio Fontova, y cuesta no pensar en el parecido cada vez más notable entre Nazareno Casero y su padre Alfredo). Por otra parte, y a título estrictamente personal, quien suscribe se siente en la obligación de reconsiderar la opinión sobre Moro Anghileri, registrada en uno, dos, tres posts.

Sin dudas, Aballay barre con prejuicios acumulados durante años de experiencia cinéfila. Éste es otro de los motivos por los que los espectadores argentinos debemos celebrar su estreno.