La estructura inquisitorial según Zaffaroni

Después de los capítulos uno y dos, Espectadores sintetiza el tercero de los 25 fascículos que conforman la colección La cuestión criminal de Eugenio Raúl Zaffaroni. Ésta es la transcripción más larga porque incluye veinte puntos que el juez de la Corte Suprema se tomó el trabajo de enumerar y explicar.
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Con el surgimiento de la Inquisición, la verdad pasó a establecerse por interrogación o inquisitio. Con este instrumento utilizado de manera violenta, el Papa masacró rápidamente algunos herejes (albigenses, cátaros, etc). También se juntó con los franceses para fritar a los templarios y repartirse sus riquezas. Pero pronto la Inquisición se quedó sin trabajo y sin enemigos, porque los había matado a todos. Para justificar su brutal poder punitivo, necesitaba un enemigo con más aguante y de mejor calidad: así fue como apeló a Satán, que en hebreo significa justamente “enemigo”.

El poder de Satán y sus muchachos fue muy estudiado por los encargados de la Inquisición, que fueron los dominicos, también conocidos como perros del Señor (canes del Dominus). Éstos fueron los primeros criminólogos, como estudiosos de la etiologia u origen del mal. Casi ningún criminólogo acepta este origen porque no es una buena partida de nacimiento; prefieren considerarse herederos del Iluminismo o incluso del siglo XIX.

Los inquisidores no se atenían a la culpa sino al grado de peligro de las brujas y Satán, que ponía en riesgo a la humanidad. Para los demonólogos había una emergencia gravísima y nada debía obstaculizar la represión preventiva. Aquí surgió una cuestión que hasta hoy no se solucionó: ¿la pena se fija por la culpa o por la peligrosidad? Los penalistas siguen discutiendo la incoherencia con parches mientras los jueces deciden lo que les parece.

Los demonólogos elaboraron un discurso muy bien armado para liberar a su poder punitivo de todo límite, en función de una emergencia desatada y sus muchachos. Aunque parezca mentira, la estructura demonológica se mantiene hasta el presente: a lo largo de los siglos, se la volvió a alimentar con datos de nuevas emergencias, creíbles según pautas culturales de cada momento.

Se dejó de creer en Satán y sus muchachos pero se creyeron en otras cosas que hoy tampoco son creíbles. Y hoy se sigue alimentando la estructura con datos que son creíbles pero que mañana serán tan increíbles como Satán.

Desde la Inquisición hasta hoy se sucedieron los discursos con idéntica estructura: se alega una emergencia como una amenaza extraordinaria que pone en riesgo a la humanidad, a casi toda la humanidad, a la nación, al mundo occidental…, y el miedo a la emergencia se usa para eliminar cualquier obstáculo al poder punitivo que se presenta como la única solución de neutralización. Todo el que quiera oponerse u objetar ese poder es también un enemigo, un cómplice o un idiota útil.

El poder punitivo no se dedica a eliminar el peligro de la emergencia, sino a verticalizar más el poder social. La emergencia es sólo el elemento discursivo legitimante de su desenfreno. Esto se verifica a lo largo de unos ochocientos años de sucesivas emergencias, algunas de las cuales implicaban cierto peligro real: Satán está un poco cabizbajo; el alcoholismo sigue haciendo estragos; las drogas se expanden cada día más; la sífilis se resolvió con la penicilina; la tuberculosis con la estreptomicina; el bloque soviético implosionó; los herejes hicieron sus iglesias nacionales; la degeneración de la especie y el peligro de las razas inferiores pasó a ser una gran mentira.

El discurso inquisitorial es un inmenso engaño, una tremenda estafa. Al proyectarse en la opinión de las personas como el remedio para todo, el poder punitivo no es más que el máximo delito de propaganda desleal de nuestra civilización. Se trata del instrumento discursivo que proporciona la base para crear un estado de paranoia colectiva que sirve para que el poder punitivo se ejerza sin ningún límite y contra quienes lo molestan.

Por desgracia, cuando aparece un discurso con estructura inquisitorial y nadie detiene su instalación, la consecuencia última es una masacre. Así sucedió con las mujeres quemadas, con las víctimas de las mafias y de la corrupción provocadas por la prohibición del alcohol y las drogas; con los enemigos del occidente cristiano mascrados por la seguridad nacional o por el franquismo; con los enfermos y discapacitados estreilizados o asesinados por la eugenesia; con la eliminación en los campos de concentración nazis.

A continuación repasamos veinte núcleos estructurales del discurso inquistorial, vigentes desde el origen de la criminología hasta la actualidad:

1.- El crimen que provoca la emergencia es el más grave de todos. La gravedad del crimen se exalta al máximo porque de ella depende el grado de peligrosidad del correspondiente poder represor.

2.- La emergencia sólo puede combatirse mediante una guerra, o sea que el lenguaje no puede menos que ser bélico.

3.- La frecuencia de la emergencia es alarmante. Decían que Alemania estaba llena de brujas, más que cualquier otro país. Es lo mismo que nos dicen por televisión: en nuestro país hay más crímenes que en cualquier otro (“nuestro” país puede ser cualquiera en el que hay un televisor).

4.- El peor criminal es quien duda de la emergencia.

5.- Debe neutralizarse cualquier fuente de autoridad que diga lo contrario. Cuando se produce este fenómeno, hay tres soluciones discursivas: la fuente es falsa; es verdadera pero se refiere a otra cosa; o se la interpreta mal.

6.- La valoración de los hechos se invierte por completo. Si la bruja no confesaba pese a la brutal tortura, era porque Satán le daba fuerza. Si desesperada se ahorcaba, era porque Satán se la había llevado. Si enloquecía con la tortura y reía, era porque Satán se burlaba de los inquisidores. Nada cambia: si los presos estudian, es para delinquir mejor, si se arrepienten son simuladores, si piden tregua es para contraatacar.

7.- El delirio sirve de coartada para encubrir otros delitos. Cuando un investigador es sorprendido en curva, hasta hoy se dice que estaba infiltrado.

8.- Las imágenes rectoras son inmaculadas. La pureza de los líderes en toda emergencia es cuidada con esmero, en especial su corrección sexual.

9.- Los enemigos son inferiores: mujeres, mestizos, mulatos, razas colonizadas, defectuosos, discapacitados, enfermos, degenerados…

10.- La inferioridad puede extenderse. Aquí los inquisidores combinan, con siglos de anticipación, a Darwin con Lamarck, igual que en emergencias posteriores: hay que matarlo si es inferior genéticamente, como hacían los nazis. Hay que criarlo con una familia sana si la inferioridad proviene de la educación, como hicieron Franco o nuestros dictadores.

11.- Las víctimas no deben colocarse en situación de vulnerabilidad, porque los vicios favorecen la acción de Satán. Es necesario vivir “en orden” para cuidarse del enemigo. El que ejerce el poder punitivo quiere moralizar, en verdad para favorecer su tarea.

12.- El poder punitivo descontrolado quiere un mundo regular y gris, aburrido, que pueda controlar sin problemas: todo lo que salga de lo usual es sospechoso. La alegría conspira contra el control y baja el nivel de paranoia, porque la fiesta hace pensar en otra cosa, la gente se distrae.

13.- Los inquisidores niegan los daños colaterales afirmando que no hay terceros inocentes, sino que siempre el castigo es merecido. Aunque se fundan en un dogma: por algo será.

14.- Los inquisidores son infalibles, y más si son puros. La pureza garantiza la perfecta percepción de los hechos. Es lo que pasa con los grandes empresarios de masacres: son los únicos puros que ven claro; por eso hay que seguirlos y no discutirles.

15.- Los inquisidores no admiten errores. Quien es condenado es culpable y la condena es prueba suficiente. La única razón que daban para negar un error era que Dios no podía permitirlo. Los sucesivos empresarios de emergencias masacradoras no pudieron decir lo mismo porque Dios ya se les había escapado. Por eso apelaron a la tesis de que es inevitable que en toda guerra caigan algunos inocentes.

16.- Se eximen de toda ética frente al infractor: pueden prometer todo y después no cumplirlo. No tienen códigos porque no vale la pena tenerlos frente a las brujas, los terroristas, los subversivos, los criminales, los degenerados, los extranjeros enemigos, los enfermos, etc.

17.- Los inquisidores son inmunes al mal que combaten. Satán no puede engañarlos porque Dios no lo permitiría. En lo sucesivo, será su ciencia o su conocimiento especial lo que los hará inmunes.

18.- El mal tiende a prolongarse. Por eso el razonamiento lleva a exigir su erradicación total y absoluta: la masacre debe ser radical y definitiva.

19.- Las emergencias explotan y profundizan prejuicios. Es lo que se llama una política völkisch o popularista (que no es lo mismo que populista).

20.- Toda emergencia cuida que la clientela no se termine porque, si se agota, pierde sentido su poder punitivo.

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La versión completa de este fascículo se encuentra aquí.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

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