La muerte de Pinochet

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Especial. Cobertura BAFICI 2011
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La muerte de Pinochet ofrece una explicación posible, sin dudas interesante, para quienes no comprendimos la victoria del actual Presidente Sebastián Piñera, es decir el viraje a la derecha del electorado chileno a pesar de los aciertos de la administración de Michelle Bachelet. De hecho, las cámaras de Bettina Perut e Iván Osnovikoff se detienen especialmente en los gestos y argumentos del discurso pinochetista, encarnado en dos entrevistados (un allegado a este otro generalísimo y una vendedora de flores artificiales que dice deberle su puesto callejero a la Señora Lucía) y en quienes el 10 de diciembre de 2006 salieron a la calle para expresar su dolor por el fallecimiento del «héroe de la patria».

A diferencia de lo que sucede en Argentina, en el país trasandino los voceros y defensores de una dictadura «correctiva», «reparadora», «salvadora» parecen mucho más concentrados, unidos, comprometidos. La dupla de directores parece maginificar esta fuerza reaccionaria al contraponerla con los otros dos entrevistados (un cuidador de coches alcohólico y un viejo adherente al Partido Socialista que suele vestirse de Papá Noel para reivindicar a Salvador Allende) y con los festejos alcoholizados de quienes celebraron la muerte del tirano.

Perut y Osnovikoff nos sumergen en un Chile escindido e irreconciliable, con la intención de provocar y polemizar sobre las nociones de patria, dictadura y democracia. Como bien sostienen algunos de los entrevistados, Augusto sigue vivo: referente de patriotismo para unos; carnicero genocida para otros.

De manera despiadada, La muerte de Pinochet retrata a los ciudadanos que lo lloran y le juran fidelidad (con admiración, un manifestante lo pone a la altura de Hitler). Al menos de este lado de los Andes, algunos sentimos miedo.