Reflexiones sobre la (des)información

Bajo el título «Algunas reflexiones sobre la desinformación», el escritor y periodista francés Louis Dalmas transcribió en el sitio colectivo Agoravox extractos de su libro Le bal des aveugles (algo así como El baile de los ciegos). A continuación Espectadores publica la traducción de los párrafos más interesantes, algunos discutibles (y con menos referencias a la realidad mediática del hexágono europeo).

La guerra es el peor derivado de nuestra civilización, no sólo porque causa tantas muertes sino porque asegura la perennidad del sistema imperial al rescatar una economía con crisis periódicas. Esta última verdad es inconfesable: el poder no debe dejar creer que la guerra sirve para asegurar la supervivencia del capitalismo liberal.

Hay que convertir a la sórdida realidad en causa justa. Hacerle tragar la guerra a la opinión pública. Presentarla como un deber moral, una necesidad de seguridad, un sacrificio presente en nombre de beneficios futuros. La operación exige el condicionamiento de los espíritus. Además de destruir los cuerpos en los campos de batalla, el sistema destruye cabezas encorsetando el pensamiento: la perversión de la información.

Vivimos en un mundo de falsedad. Los predicadores de la virtud son falsos inocentes; los compromisos electorales son falsas promesas; las estrellas mediáticas son falsos ídolos, el erotismo mediático es falsa sexualidad; la publicidad es documentación falsa; los espectáculos son una puesta en escena falsa; las noticias periodísticas son falso conocimiento; las reproducciones de objetos de lujo son falsas riquezas. Existen excepciones, por supuesto, pero sólo confirman la regla. La alienación se ha convertido en fenómeno social.

«Alienación» significa al mismo tiempo «desviación» y «demencia». Importa la primera acepción: que nuestra sociedad esté loca es materia de opinión; pero su desvío no presenta dudas.

La mentira se encuentra en la base de la alienación. La mentira puede ser inconsciente o consciente. En el primer caso, es un enunciado en el que creemos pero que es inexacto: se trata de la mentira objetiva, involuntaria. En cambio, la mentira consciente es un enunciado que sabemos inexacto pero que queremos hacer creer: se trata de la mentira subjetiva, consentida.

Las dos mentiras coexisten entre los componentes de nuestra civilización que son la educación, la información, la cultura. Cuando sostienen que Dios fabricó el mundo en siete días, algunos creacionistas están convencidos de lo que dicen y otros reconocen la insensatez de tal afirmación. Cuando afirman que Bush intervino en nombre de la democracia en Irak, algunos opinólogos lo hacen persuadidos; otros consideran necesario ocultar los objetivos petroleros de esa guerra. Cuando exaltan la carrera de una vedette, algunos críticos de cine actúan de buena fe; otros callan oportunamente defectos y fracasos.

¿Cómo distinguir lo verdadero de lo falso? Las ciencias exactas confían en la experimentación, pero en nuestra sociedad alienada los hechos dejaron de ser decisivos para ser manipulados, interpretados, ignorados o desmedidamente agrandados. Predomina el tratamiento, la manera de abordarlos. Este tratamiento y las conclusiones derivadas son la esencia de nuestra información.

En la antigüedad, la información era conocimiento reservado a una elite. En las altas esferas servía para justificar decisiones o engañar al enemigo (desinformación e intoxicación siempre existieron en la diplomacia). En manos del periodismo, es decir cuando migró del círculo reducido a las masas, el conocimiento se convirtió en mensaje: la circulación horizontal en la cima cedió lugar a un ir-y-venir entre dirigentes y administrados.

Ya no es suficiente reinar; hay que persuadir a los sujetos para que acepten el reinado. El dominante debe convencer a los dominados; inversamente el pueblo puede hacerse escuchar a través de representantes interpuestos. Lo que desciende bajo la forma imperativa asciende bajo la forma de crítica y reivindicación. La conciencia colectiva, que antes era un magma ignorado por los grandes, dio nacimiento a un bastardo inevitable: la opinión pública.

Toda información contiene entonces un fermento de poder. Podemos más en la vida si sabemos mejor. Una perogrullada que explica cómo la explosión colectiva de los medios revolucionó el contexto político y social: al multiplicar la cantidad de informados, extendió al límite un poder.

Un poder extraño, indirecto… No aquél de gobernar, aunque suela asimilarse información y democracia. No aquél de imponerse: las democracias restringen verdades; los Estados autoritarios oficializan la mentira. Tampoco aquél de hacerse escuchar de manera constructiva, de impulsar movimientos perdurables: las olas, las modas tienen una vida efímera; les hacen falta otras estructuras para alcanzar la eficacia.

Se trata, más bien, de un contrapoder difuso, una presencia que se mide por síntomas informales: entusiasmo, negación, rebelión, inercia. Un contrapoder que sin embargo tiene su peso, el peso de la cantidad que ningún gobierno puede descuidar o minimizar.

La ampliación de la comunicación actualizó el enfrentamiento secular entre la distinción de los precursores y la vulgaridad del gran público. Calidad contra cantidad: la batalla continúa entre los defensores de la educación elitista y los adeptos al entretenimiento al alcance de todos. La competencia entre medios obliga a sacrificar la autenticidad de la velocidad, y la caza de la primicia acentúa la propagación de noticias no confirmadas.

La precariedad financiera de los grandes medios acrecienta la dependencia política y publicitaria. Los contenidos se pliegan a las presiones de anunciantes públicos y privados. Por otra parte, el caudal de información transformado en torrente de mensajes amenaza con saturar y adormecer a las masas que alguna vez supo despertar. La información atenta contra sí misma; sus excesos corren el riesgo de provocar indiferencia y entumecimiento.