Un cuento chino

El raconto dramático que Roberto hace casi al término del largometraje es el gran desacierto que algunos espectadores le reprochamos a Un cuento chino. Sin embargo, aún con este golpe de efecto innecesario, la comedia de Sebastián Borensztein supera ampliamente a su antecesora, La suerte está echada, filmada siete años atrás (número cabalítico si los hay).

Al margen de sus diferencias, uno y otro título plantean la problemática del destino como fenómeno absurdo, o como producto de nuestras acciones y omisiones. En la película estrenada el jueves feriado, el protagonista se encuentra escindido entre un pasado muy presente y un ahora reducido a estricta rutina: no existe margen para el futuro (para los proyectos, para un eventual cambio) en una mente convencida de que los seres humanos somos víctimas indefensas de una fatalidad azarosa, en ocasiones con apariencia perversa.

A riesgo de escandalizar a los fans de El secreto de sus ojos, algunos sostenemos que este Roberto, ferretero porteño, ermitaño y gruñón, es el personaje que mejor viste Ricardo Darín (podríamos declarar un empate técnico con el Marcos de Nueve reinas). Lo secundan con tino Huang Sheng y Muriel Santa Ana (por otra parte, los admiradores de Cha cha cha celebramos la breve intervención de Vivian El Jaber).

Un cuento chino entretiene especialmente a quienes disfrutamos de los gags que surgen naturalmente cuando cualquier mortal se topa con un extranjero cuyo idioma desconoce. En este sentido, Borensztein explota al máximo los gajes del abismo lingüístico y cultural entre chinos y argentinos sin caer en el chiste fácil (de esos típicos del diario Crónica).

En principio hombre de televisión, ojalá Borensztein siga insistiendo con el cine. Quizás en otros siete años, el hijo de Tato sepa deleitarnos con una comedia irreprochable, o al menos más redondita.