Añoranzas del pasado (blogger)

En menos de dos semanas esta bitácora cumplirá un lustro de vida online. La proximidad de la fecha fundacional evoca los primeros años de experiencia blogger, anteriores al alumbramiento de Espectadores.
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Cuando en julio de 2004 Lara Croft me propuso montar un blog de cine, las plataformas gratuitas de Blogger y WP estaban en pañales. En ese contexto, los precursores de una incipiente blogósfera vernácula presentaban la novedad como un medio de comunicación alternativo de bajo costo: sólo había que pagar un módico servicio de alojamiento.

Con un buen manual de lenguaje PHP, la asistencia del mismo hosting y los tutoriales de WordPress.org, los espíritus autodidactas supieron personalizar la plantilla elegida y empezar a bloggear. Las mentes menos lúcidas no habríamos podido hacerlo sin su ayuda o consejos.

Al principio costaba acostumbrarse a la «verticalidad» de las bitácoras. A simple vista las plantillas no ofrecían manera de privilegiar contenidos: en aquel entonces no existían los widgets que hoy permiten abrir «ventanas» o textos destacados en el blogroll, y algunas plantillas pre-diseñadas ni siquiera admitían otras páginas además de la home.

Las categorías -y más tarde los tags– resultaban insuficientes en términos de jerarquización. La cuestión cronológica (el orden diario, mensual, anual de publicación) parecía el único principio rector de un contrato de lectura aparentemente limitado, con altas probabilidades de aburrir y espantar a los internautas acostumbrados a la dinámica de los sitios web.

Lo que realmente seducía era la oportunidad de crear un espacio personal sin fines de lucro, y sin mayores exigencias administrativas ni monetarias. Así de fácil, la blogósfera invitaba a cuestionar la agenda de los medios o, en términos menos impertinentes, a complementarla, corregirla, mejorarla.

El entonces de moda «periodismo ciudadano» (todavía nadie hablaba de «pronetariado«) parecía encontrar un buen caldo de cultivo en el nuevo submundo interneteano. Pero con el tiempo la expresión perdió el adjetivo y pasó a llamarse «periodismo 2.0»: el cambio de nombre coincidió con la profesionalización de la blogósfera, es decir, con cierto fenómeno de apropiación por parte de la industria mediática, incluido el rubro publicitario.

En poco tiempo, proliferaron los blogs cuya actualización consistía en replicar contenido. Primero, textos de diarios, revistas, sitios institucionales. Luego, gacetillas de prensa enviadas para su pronta difusión.

La mencionada profesionalización amplió el alcance de los medios por partida doble. Primero porque ciudadanos comunes empezaron a repetir o reciclar información ya existente (y pensar que los links están para referenciar y así evitar la retranscripción). Segundo porque un buen número de periodistas y comunicadores entendieron la actividad blogger como extensión -y posible herramienta de promoción- de sus publicaciones.

«No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió«, cantaba Joaquín Sabina. Sin embargo, a casi siete años de los primeros pasos, a veces extraño los días en que una incipiente blogósfera local prometía convertirse en motor de comunicación alternativa y transgresora.