Los sondeos, fábricas de opinión

Hace días, la sociedad francesa y la prensa occidental comentan escandalizadas los 12 sondeos que advierten la escalada de la actual líder de la ultraderecha gala, Marine Le Pen. A simple vista no es para menos: según el primer estudio a cargo del instituto Harris Interactive, la titular del Frente Nacional y sucesora/hija de Jean-Marie llegaría a la primera ronda en una hipotética elección presidencial.

De las repercusiones mediáticas en el hexágono europeo, Espectadores elige el indignado post que Jean-Luc Charlot redactó para su blog alojado en la plataforma de Le Monde. Quizás sus observaciones puedan aplicarse al juego de encuestas y sondeos realizados en Argentina a meses de nuestros comicios.

La traducción, a continuación.
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¡Un sondeo sondó! Algo esperable pues ésa es su función. Sondó «una» opinión, la de una muestra representativa (y estimada por los encuestadores) de los electores franceses que en 2012 elegirán Presidente de la Nación. Se trataba de conocer sus preferencias: ¿a qué candidato votarían en la primera vuelta? 

Convengamos que el uso del modo potencial se debe a que nadie sabe si los nombres propuestos alcanzarán realmente la instancia imaginada. Sin embargo, es poco probable que los encuestadores lo hayan utilizado porque la eficacia de un sondeo es incompatible con la imprecisión.

Los resultados brutos fueron «redirigidos». Término técnico para la aplicación de coeficientes correctores a las respuestas según un método concebido como secreto de fábrica, que cada instituto preserva en un rubro muy competitivo.

En otras palabras, es un poco un misterio la manera en que se procesan los resultados… Pero un misterio disimulado por la cientificidad aparente de algoritmos complejos que elucubran poderosos programas informáticos.

Se proclamó entonces un resultado (¡la candidata del Frente Nacional encabezaría una primera vuelta!) que provocó estupor y conmoción. Reavivió el recuerdo del síndrome del 21 de abril y aceleró la máquina de comentarios: la mayoría para proponer cálculos electorales que destruyen pantallas; muy pocos para preguntar por el lugar acordado a los sondeos en la discusión política (un ruido de fondo que parece haberla desplazado).

Rechacemos por un instante el debate más difundido, demos un paso al costado y evaluemos el sondeo de opinión. Una técnica -escribió Pierre Bourdieu- que fabrica «una» opinión con métodos que no son infalibles y que podemos contrastar con la ciencia misma o el sentido común en algunos casos.

En su libro Cuestiones de sociología, Bourdieu sostiene que «quizás la función más importante de los sondeos consista en imponer la ilusión de que la opinión pública es la suma de opiniones individuales». Hacer como si la competencia política se propagara universalmente, cuando en realidad varía a la par del nivel de instrucción.

Dicho de otro modo, la probabilidad de tener una opinión sobre todo, basada en un conocimiento político, es comparable a la probabilidad de ir al museo. Observamos entonces diferencias fantásticas y, por ejemplo, según el mismo Bourdieu, allí donde un estudiante bolche distingue quince divisiones a la izquierda del Partido Socialista, un ejecutivo medio no encuentra nada.

Más aún, en la escala política (extrema izquierda, izquierda, centro-izquierda, centro, centro-derecha, derecha, extrema derecha) que las encuestas de «ciencias políticas» realizan de manera casi automática, ciertas categorías sociales iluminan intensamente un rincón de la extrema izquierda (o de la extrema derecha); otras sólo iluminan el centro; otras abarcan toda la escala.

Desde 1995, Patrick Champagne recuerda que la actividad primera (y de lejos más importante) de los centros de sondeo es el marketing económico. Asimismo este otro sociólogo sostiene que los mencionados institutos trasladaron subrepticiamente sus métodos a la política, y convirtieron el homo politicus en un consumidor de ideas, imágenes, «marcas», slogans políticos.

Así, a través de las técnicas de sondeo, la política tiende a ser concebida a partir de esquemas económicos. Por un lado, los hombres políticos son «productos» con una «imagen de marca» a menudo elaborada por especialistas en comunicación y publicidad. Por el otro, las campañas electorales suelen lanzarse después de haber sido «testeadas» por «paneles de electores».

No se trata entonces de comentar el sondeo de Harris Interactive, de celebrar o lamentar su resultado, ni tampoco de reclamar la ampliación del registro de candidatos para demostrar que algunos terminarían desplazando a la titular del Frente Nacional (novedad que sería muy comentada bajo el título «Fulano de Tal le ganaría a Marine Le Pen en una primera vuelta electoral)».

Convengamos sin problema. Ésta sería otra manera bastante explícita de «fabricar la opinión», ¡y sobre todo de evitar hablar de política!