La depreciación de la escritura

La escritura genera apreciaciones contradictorias en la mayoría de las personas. Me refiero, no a la escritura profesional (periodística, literaria, institucional) sino a la redacción de un correo electrónico, una carta, un informe laboral, un trabajo académico menor, un blog.

Por un lado, cualquiera que haya terminado la escuela secundaria puede escribir (o transcribir) y la mayoría de quienes cursaron algún estudio terciario o universitario cree hacerlo bien. La conquista elemental, de primer grado, nos diferencia de los (semi) analfabetos, nos prepara para la vida adulta pero pierde importancia en una sociedad convencida de que la tecnología es el verdadero motor de la comunicación.

Por otro lado, pocos se sienten aptos para redactar algo más extenso que un mensaje en el celular, Twitter y Facebook. Incluso los mismos que cursaron algún estudio terciario o universitario entran en pánico cuando, por ejemplo, deben elaborar la carta de admisión a un curso de posgrado o la tesina para la obtención de una licenciatura.

La escritura se convierte entonces en una actividad especializada que sólo algunos dominan y eventualmente comercializan. De hecho, docentes, estudiantes avanzados, egresados de Letras, Comunicación, Periodismo ofrecen por dinero sus servicios de corrección, edición, redacción.

El cálculo del importe es un promedio entre la primera condición devaluada y la reivindicación momentánea que provoca la necesidad convertida en demanda. Quienes elaboran cartas, monografías, presentaciones por encargo no pueden cobrar caro porque, después de todo, «escribir, escribe cualquiera» (frase que evoca aquélla otra de José Pablo Feinmman sobre los blogs). Algunos ofrecen ayuda gratis, como favor o por simple amor al arte.

La inferioridad de sueldos/honorarios con repecto al que perciben otros profesionales (de Informática, Ingeniería, Derecho, Economía), la (cada vez más frecuente) designación de legos en la materia como jefes de Prensa y Comunicación en organismos públicos y privados, la creencia de que -mejor o peor- todos sabemos transcribir conspiran con la depreciación de la escritura. Lamentablemente, la curiosa combinación entre subestimación y necesidad dista de combatirla.