Hollywood y su muchacho de oro

Kirk Douglas tiene 94 años. Le lleva once al muchacho dorado que Hollywood moldeó para premiar y promocionar a los mejores productos de la industria cinematográfica norteamericana (luego globalizada). A pesar de la diferencia de edad, podríamos hacer un esfuerzo e imaginar que el padre de Michael y abuelo de Cameron es la estatuilla dorada. Por lo pronto, el actor espartano supo encarnar una suerte de golden boy para la pantalla grande. Hoy anciano, apenas acata las exigencias de un libreto burdamente canchero, por momentos chabacano, y en definitiva despiadado con un hombre mayor.

Como Kirk, el Oscar perdió no sólo juventud sino glamour. Con el tiempo, la feria de vanidades se transformó en caricatura de sí misma. En parte por tanto botox pululando, en parte por la tosquedad de la televisación, en parte por el exceso de marcación: anoche la pareja anfitriona y los entregadores de premios recitaron parlamentos minuteados sin un atisbo de pasión (el diálogo en francés e inglés entre Helen Mirren y Russel Brand es apenas un ejemplo).

En esta ocasión hubo todavía menos margen para la espontaneidad y sorpresa. El quiebre mayor fue el nuevo orden de las categorías, que alteró considerablemente la pauta de las ceremonias de 2010 y 2009 (y que en Espectadores complicó la actualización de la plantilla predeterminada; de ahí los silencios de blog entre los anuncios de premiación).

Hanks, Spielbger, Lucas fueron los apellidos infaltables (sólo Tom habló a cámara). Es posible que en un futuro lejano los organizadores del evento los convoquen como hoy a Kirk (hay que ver si se dejan manosear).

A título estrictamente personal, lamento que hayan perdido Geoffrey Rush, El ilusionista y Annette Bening (con perdón de los fanáticos, sigo sin entender el embobamiento con Natalie Portman). En cuanto a la película de Sylvain Chomet, es probable que los miembros de la Academia no hayan conocido a Jacques Tati, y por lo tanto no hayan valorado el magnífico homenaje animado.

En cambio, sí considero justas la victoria de Melissa Leo por El ganador y la derrota de Biutiful (aún sin haber visto los demás títulos nominados para mejor film extranjero). Por otra parte, fallaron nuestros pronósticos a favor de Temple de acero y Lazos de sangre: ni la epopeya del western ni el halo independiente consiguieron opacar los bríos monárquicos de Hollywood.

Lo más ocurrente: la parodia del El origen que Hathaway y Franco protagonizaron a modo de presentación de la emisión (y de las candidatas). Lo más elocuente: la cara de sueño del mismo James pasada la medianoche y la actitud escéptica de Colin Firth frente el discurso de Oprah Winfrey. Lo más indigesto: el cholulismo/obsecuencia del compatrota Axel Kuschevatzky.

Por último, lo más patético -y revelador- de la reciente 83ª entrega: la intervención de Kirk Douglas, encarnación humana de un Oscar despojado de su condición áurea y con serios síntomas de decadencia y decrepitud.