Temple de acero

Es probable que Temple de acero sea «la» película para los amantes de los westerns en general y para el público norteamericano en particular. Por lo pronto, los integrantes de ambas categorías son sensibles a la epopeya que los Estados Unidos forjaron en nombre de la identidad nacional. Entre ellos también habrá admiradores de Ethan y Joel Coen que celebren este aporte a la leyenda del Lejano Oeste: un aporte clásico si pensamos por ejemplo en Fargo como versión moderna de un (en realidad una) lone ranger.

Los fans incondicionales reconocerán el sello de los hermanos cineastas en un largometraje que para otros espectadores, o al menos para quien suscribe, es el más impersonal. Es cierto que la pequeña Mattie Ross comparte la obcecación de Marge Gunderson, o que la sola presencia de Jeff Bridges automáticamente evoca al gran Lebowski, pero la actriz Hailee Steinfeld queda chiquita al lado de Frances McDormand y el Dude compone un Rooster Cogburn más cerca de la autoparodia que de la personificación original.

Quizás sea típico del género que una púber de 14 años mandonee a un marshall y a un Texas ranger sin que siquiera le tiemble la voz, o que apenas pestañee ante carnicerías inimaginadas, o que su atuendo se mantenga impecable aún después de vadear un río. En cambio es menos excusable la elección de una niña cuya interpretación remite más a la conducta teen actual que a una descendiente de colonos siglos atrás.

Al principio del largometraje también llama la atención cierta reconstrucción de época que parece rendirle tributo a La familia Ingalls. En este sentido, la precoz Mattie suena a versión impertinente de una Laura apenas adelantada.

El indio al que no dejan pronunciarse antes de ser ejecutado en la horca, la aparición del médico-oso, los disparos fallidos de Cogburn para probar su puntería son indicios del sentido del humor que caracteriza a los Coen. Pero al margen, cuesta encontrar otras marcas de autor que habrían podido convertir a Temple de acero en un western fuera de lo común.

Dicho esto, es probable que esta segunda adaptación cinematográfica del libro de Charles Portis coseche varios premios Oscar. Después de todo, los miembros de la Academia de Hollywood son amantes del Lejano Oeste y suelen compartir el gusto de sus compatriotas.

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PD. Otras películas de los Coen, reseñadas en Espectadores:
Un hombre serio
Quémese después de leerse
Sin lugar para los débiles
El hombre que nunca estuvo