Se reestrena Volver al futuro, y algunos atravesamos diez siglos

En el muy buen artículo que le dedica al reestreno de Volver al futuro, Mariano Kairuz recuerda que la película de Robert Zemeckis llegó por primera vez a la Argentina el 12 de diciembre de 1985. En aquella fecha púber, pocos espectadores ahora al borde de los 40 habrán imaginado que, tantos años después, tendrían la oportunidad de ver nuevamente la primera aventura de Marty McFly en pantalla grande. La experiencia de reestreno mundial (y digital) trasciende el desafío de evaluar la vigencia de un título que causó sensación; también evoca otras obras que imaginaron viajes en el tiempo.

Bastante antes que Zemeckis y su co-guionista Bob Gale, Ray Bradbury ya había pergeñado un relato sobre una alteración de amplia magnitud histórica causada por un pequeñísimo cambio en una instancia cronológica. A diferencia de McFly en su viaje iniciático, los protagonistas de «El ruido de un trueno», cuento publicado a principios de los ’50 e incluido en Las doradas manzanas del sol, no se trasladan al pasado (en este caso, a la época jurásica) para enmendar errores ajenos sino para realizar un safari.

Quienes contratan este servicio en 2055 sólo pueden dispararles a animales prehistóricos a punto de morir, y no deben abandonar un sendero que flota a diez centímetros del suelo para evitar alteraciones más allá de la intervención admitida. Sin embargo, ninguna previsión sobrevive a la fatalidad ni al desatino humano: después de un traspié fuera del camino señalado, los personajes de Ray regresan a un presente distinto, casi-casi antagónico al que dejaron.

Antes de fin de año, TCM o Cinecanal Classics proyectó La máquina del tiempo, adaptación que en 1960 David Duncan y George Pal hicieron de la novela de H.G. Wells. A cargo del rol protagónico, Rod Taylor transmite la convicción de un positivista británico empecinado en trasladarse al futuro más remoto (y más desesperanzador) para rescatacar a la Humanidad de una extinción abúlica, por no calificarla de suicida.

Algunos cinéfilos preferimos aquella vieja versión a la remake que Simon Wells dirigió en 2002 con Guy Memento* Pearce en el rol principal (*hablando de Christopher Nolan y de otra propuesta que, enfocada en la problemática de la memoria, juega con la interrelación entre pasado, presente y futuro).

En 2005, El efecto mariposa también apostó a gajes y delicias de la reconstrucción cronológica. En este film el protagonista Evan Treborn poseee una mente capaz de administrar el transcurso de días, semanas, meses, años y de editar recuerdos. De este modo se esfuerza por recrear el ayer con la intención de mejorar el hoy.

La fallida producción a cargo de Eric Bress y J. Mackye Gruber retoma la hipótesis científica que pretende explicar la teoría del caos a partir del aleteo de una mariposa: las consecuencias del batir de alas de un insecto ilustra la condición lábil del universo y de la historia.

La comparación con estos referentes literarios y cinematográficos convierte a la primera entrega de Volver al futuro en la ficción menos perturbadora. De hecho, el joven McFly no sólo vuelve de antaño con la tranquilidad de haberlo reparado; también encuentra un presente renovado que le resulta favorable.

Es más. El anuncio de inconvenientes en un futuro relativamente cercano es -ya lo sabíamos en 1985- un simple aviso de continuidad, la promoción de una ocurrencia prometedora que, como suele suceder, terminó desluciéndose en cuestión de dos episodios (uno de ellos ambientado en el far west).

Por eso hoy Buenos Aires asiste a un reestreno que se circunscribe al primer episodio. Aquél venerado por gags memorables como bautizar «Calvin Klein» a Marty por el jean que viste cuando llega al pasado. Aquél que, a comienzos de 2011, nos permite viajar no sólo a los ’80 (y a nuestras ilusiones púberes) sino a 2055, 2005, 2002, 1960 y a 1950ypico.