Gracias, María Elena

La tapa de un disco con fondo negro y con el retrato dibujado de -quien yo suponía- el brujito de Bulubú; el bautismo de mi primera tortuga con el nombre Manuelita; los versos del «gato que pes» que tanto me divertía completar con mi prima Silvia; la imagen de una reina abatatada por la mirada de un cocinero; el nudo en la garganta ante la triste historia de la pájara Pinta; el descubrimiento de la quebrada de Humahuaca gracias a una vaca estudiosa; la naranja (nada mecánica) que tantas veces quise ver pasearse de la sala al comedor; el reconocimiento tardío de nuestra Argentina como reino del revés.

Gracias, María Elena, por estos recuerdos de infancia, por tu fábula sobre la cigarra (que Mercedes supo cantar con el corazón) y por la hermosa serenata para la tierra de uno, que cada tanto me reconcilia con Buenos Aires y me hace susurrarle «por todo y a pesar de todo, mi amor, yo quiero vivir en vos».