Ocio, de Villegas y Lingenti

Hoy se estrena Ocio, película que -como The rati horror show y Secuestro y muerte– el último BAFICI presentó oficialmente. Hablar de desembarco «comercial» es relativo, pues el trabajo de Juan Villegas y Alejandro Lingenti se proyectará en el Cosmos, ave fénix de las salas alternativas porteñas ahora en manos de la Universidad de Buenos Aires.

Ésta es la adaptación cinematográfica de la novela homónima que Fabián Casas publicó diez años atrás. Hay otro dato literario, fundamental: el joven protagonista dedica parte de su tiempo (ocioso) a leer El primer hombre de Albert Camus.

Resulta evidente la impronta existencialista -porqué no camusiana- de este relato. Por un lado, la aparente abulia de Andrés recuerda la indiferencia del condenado y ajusticiado Meursault. Por otro lado, los parlamentos lacónicos evocan la influencia de una prosa asociada a la metáfora de radiografía social (sobre todo barrial y generacional).

La actuación del desconocido Nahuel Viale y la fotografía de Agustín Mendilaharzu son quizás las mayores virtudes de una propuesta que flaquea un poco, por algunos agujeros negros en el guión (¿qué pasó con la visita del protagonista a un departamento… para alquilar?) y por una banda sonora por momentos irritante (al menos para quienes no sabemos apreciar a los «grandes héroes del indie nacional«).

Más allá de estos reparos, vale celebrar el estreno de Ocio por dos motivos principales. El primero: como Mariano Llinás con Historias extraordinarias, Villegas y Lingenti se arriesgaron a filmar sin financiación, condicionamientos, limitaciones institucionales (ni del INCAA ni de empresas privadas). El segundo: el feliz contexto de un Cosmos ¿definitivamente? recuperado.