El rebelde mundo de Mía

Cuando la estrenaron en septiembre pasado, los distribuidores porteños bautizaron El rebelde mundo de Mía a Fish tank. La ocurrente traducción banaliza la intención de una propuesta que se cuida muy bien de reducir el descontento adolescente a una suerte de neurosis hormonal, y cuyo título original propone un juego de palabras que involucra al espectador.

La expresión «fish tank» remite tanto a una pecera o acuario como a un estuario. A tono con la primera acepción, la pantalla se convierte en el vidrio a través del cual observamos la vida de la protagonista, como si fuera un caso de estudio.

La segunda definición expresa la importancia de un escenario natural donde ocurren dos momentos clave del film: por un lado, el primer enganche de Mía con el amante de su madre y, por otro lado, el punto más crítico de esta relación afectiva (que no detallamos por respeto a quienes no vieron el film).

Andrea Arnold sigue la tradición cinematográfica del realismo británico difundido por Ken Loach y Mike Leigh. El corto W.A.S.P que filmó para el proyecto Cinema 16, y que precedió el largometraje aquí reseñado, también prueba el interés de esta directora en retratar a la clase baja de su país.  

Además de un guión cuya credibilidad y tensión no decaen, cabe destacar el desempeño de actores pocos conocidos en Argentina (a lo sumo algunos recordamos a Michael Fassbender por su papel en Bastardos sin gloria). Entre ellos, Katie Jarvis se carga la película al hombro con energía y sensibilidad (impresiona su talento para expresar la ira y la vulnerabilidad de Mía).

El rebelde mundo… abandonó la cartelera porteña semanas atrás. Por suerte, los interesados sabrán encontrarla si la buscan por su título original.