Murió Massera. Impune una vez más

Compatriota o no, Dios sí parece jugar a los dados con los argentinos. En una partida del 27 de octubre pasado ¿se llevó? a Néstor Kirchner y esta tarde ¿manda a trasladar? a Emilio Eduardo Massera. Entre ambas tiradas, nos desafía a quienes doce días atrás sentenciamos «no celebrarás: respetarás el dolor ajeno aún cuando no lo sientas ni compartas».

Sin ánimo de festejar, muchos compatriotas apostarán a la hipótesis de la compensación. «El Todopoderoso nos saca a un líder excepcional pero nos libera de otro almirante nefasto«, entenderán algunos K. «Ahora nos priva de un salvador de la Patria pero antes nos fulminó a un tirano», se consolarán los deudos y herederos espirituales.

«Hace mucho que Massera estaba muerto», contesta Jorge cuando le comento la noticia por teléfono. Y es cierto: el genocida llevaba largos meses internado por demencia, o en su domicilio o en el Hospital Naval (¿dónde más sino?).   

En este sentido la muerte importa menos. Lo que sí importa e indigna es la sensación de una justicia (terrenal) inacabada, truncada, fallida, que llega tarde, no ahora sino hace tiempo: desde el indulto de Carlos Menem, a pesar de la posterior declaración de inconstitucionalidad.

Con perdón de la infructuosa comparación, Massera siempre me inspiró más miedo que Videla. Quizás por el contraste entre el cínico (que sólo obra por ambición personal) y el mesiánico (que actuá en función de convicciones espirituales, religiosas). Son dos perversos pero, encima, el primero carece de todo principio: ya no es inmoral, sino amoral.

Mañana será interesante leer los avisos fúnebres de La Nación porque revelarán la identidad de quienes se atrevan a lamentar públicamente «la desaparición física» del Almirante Cero (los mismos que seguro se sintieron libres de celebrar el merecido final de Kirchner). Las expresiones de sobria congoja y reconocimiento patriota se sumarán a los comments anónimos que enseguida le rindieron honores al héroe, apenas publicada la primicia digital.

Esta tarde La Parca encontró a Massera viejo, desvalido, impotente. No me importa dónde lo lleva; tampoco si lo espera el tribunal de algún juicio final. Sí me importa que no fue a buscarlo a la cárcel, como hubiera correspondido.

El genocida abandonó la vida, prófugo e impune. No hay nada que celebrar.