Empobrecimiento del idioma; agonía de la excepción

¿Cuál es la conjugación correcta? ¿»Hoy se cumple diez días desde que…» u «hoy se cumplen diez días desde que…»? La duda irrumpe en plena redacción del post anterior, y evoca la discusión que meses atrás mantuve con una amiga sobre la expresión «se vende(n) flores».

La lógica gramatical indica que, porque son impersonales y cuasi reflexivos, estos verbos carecen de sujeto. Los sustantivos «días» y «flores» cumplen la función de objetos directos; de ahí que en última instancia podamos decir/escribir «alguien o algo los cumple»; «alguien o algo las vende».

Distinto es el caso de los verbos reflexivos que no son impersonales, y que sí absorben la condición singular/plural del sujeto. Bañarse, por ejemplo: «él se baña»; «ellos se bañan» o «yo me baño»; «nosotros nos bañamos».

En la práctica, somos mayoría los argentinos que decimos/escribimos «se cumplen diez días» y «se venden flores». Esta otra victoria del discurso cotidiano por encima del dictamen académico invita a retomar el debate sobre la in/evolución de nuestro castellano.

En este punto me permito compartir la hipótesis (absolutamente personal) de que el empobrecimiento de la lengua se relaciona con el desconocimiento -y la consecuente desaparición- de sus excepciones.

Aunque de manera menos flagrante que el francés, el italiano o el alemán, el español también se rige por reglas generales cuya vigencia confirmamos no sólo a través del uso cotidiano, sino cuando de manera más analítica identificamos salvedades a veces justificables, a veces indisimulablemente arbitrarias. Ejemplo simplón a modo de ilustración: los verbos que sólo se conjugan en tercera persona del singular (llueve; hay) refuerzan la versatilidad de nuestra conjugación, la noción de mayor riqueza cuando la comparamos con la inglesa (insensible a tantas variantes de singularidad y pluralidad).

Alguien podrá señalar que quienes saben sobre reglas y excepciones idiomáticas poseen una formación académica avanzada o son autodidactas de lectura muy atenta. A esta observación suele seguirle la condena a una hipótesis considerada elitista porque parece relacionar empobrecimiento (o involución) con ignorancia (o falta de educación).

Cuando se les pregunta por su idioma, la mayoría de los franceses admite que son muy pocos los compatriotas capaces de redactar sin una sola falta. Los más chauvinistas se animan a sostener que ningún extranjero consigue asimilar el galo con total perfección: no importa cuánto tiempo haya estudiado y/o cuántos años lleve viviendo en el hexágono europeo.

Enseguida también lamentan que el francés esté empobreciéndose, no sólo porque la calidad de la educación formal está en baja sino porque las nuevas aplicaciones de comunicación (SMS, Twitter, mensajeros instantáneos) también conspiran contra el respeto por la sintaxis y ortografía más básicas.

Dicen que los ingleses quieren cortarse las venas cada vez que escuchan a un cráneo estadounidense regularizar los verbos irregulares. Por ejemplo, decir/escribir «I finded» en lugar de «I found«.

En contra de lo imaginado, la ¿depresiva? indignación no desemboca en reclamos aristocráticos, antidemocráticos o contrarrevolucionarios. Sí termina convirtiéndose en lamento por la agonía de la excepción.