(Otro) intento de normalización

El post del viernes pasado fue un intento apresurado (y fallido) por retomar la actividad blogger habitual: aquélla que intercala reseñas cinematográficas, televisivas, literarias (en menor medida, teatrales y musicales) con reflexiones de corte periodístico/mediático, aproximaciones a ciertos fenómenos online, crónicas inspiradas en lo visto y oído y ejercicios de autobombo.

Algunos espíritus suspicaces interpretamos la postergación del estreno de Secuestro y muerte como consecuencia (ínfima) de la polarización que causó el desconcertante deceso de Néstor Kirchner. Con justa razón, los distribuidores de la película habrán decidido esperar un contexto más oportuno o menos adverso para presentar la versión de Rafael Filipelli (y de su esposa Beatriz Sarlo) sobre el asesinato del General Pedro Eugenio Aramburu.

Errada o no, la hipótesis sirvió para ensayar una recuperación de la rutina blogger, para tomar distancia del tema obligado. Espectadores pretendió normalizarse con la publicación de un post inscripto en la categoría Cine, pero la mención de los años ’70, de Montoneros y de una reconocida intelectual antiK renovó la necesidad de nombrar otra vez al ex Presidente fallecido.

Como cuando las confrontaciones en torno a la reestatización del sistema jubilatorio, a la Resolución 125, a la nueva Ley de Medios, a la Asignación Universal por Hijo, a la Ley de Matrimonio Igualitario, hoy siento en carne viva mi condición de desclasada social. De ahí la tendencia a alejarme de los ámbitos más frecuentados y a recluirme en espacios como esta bitácora, o la Plaza de Mayo, donde me encuentro con otras ovejas negras (atención al color).

Parafraseando un párrafo de Juan Forn en este artículo, de todas las oposiciones que genera el kirchnerismo, la que más atónita me deja es la de los seres queridos que súbitamente se me hacen irreconocibles por esa crispación irracional, esa necedad con que niegan no sólo todo mérito sino todo propósito político que no sea la acumulación de poder por el poder mismo o, peor aún, el mero enriquecimiento.

Salvo contadas excepciones, en estos días me resulta difícil pensar/escribir sobre temas que no estén relacionados con la muerte del ex Mandatario. Sigo siendo incapaz de elaborar diagnósticos/pronósticos, y me siento escindida entre la confianza (en la fortaleza de nuestra Presidente y en el sostén de muchos conciudadanos) y la preocupación (por posibles acciones desestabilizadoras dentro y fuera del entorno gubernamental).

También me cuesta tolerar a los allegados que, de manera explícita o solapada, celebran la muerte y apuestan con fruición a una debacle anunciada. Por actitudes así, rescindí cuatro contratos de amistad virtual, y valoré el gesto de amigos y parientes que allá en las antípodas supieron guardar silencio.

Desde el miércoles pasado leí decenas de artículos en diarios y blogs, y pensé en la elaboración de algunos posts sobre nuestra (in)conducta cívica, sobre taras históricas que los argentinos tardamos en revertir, sobre la funcionalidad de ciertas verdades simplificadoras y liberadoras de culpas, sobre la cobertura de corresponsales extranjeros que sólo citan (y transcriben) notas de La Nación, sobre los exabruptos de los lectores de este diario después de que los responsables de la versión digital reactivaran los comentarios online.

Es probable que en el futuro termine convirtiendo algunas de estas ideas en posts. Por ahora prefiero dejarlas en suspenso hasta que pase la conmoción, y hacer otro esfuerzo por que Espectadores deje de ser el reflejo de dos mentes monotemáticas y consiga retomar su actividad normal.