Crimen de Mariano Ferreyra. Cuando la muerte también provoca regocijo



Por Jorge Gómez
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Hasta el crimen de Mariano Ferreyra ocurrido el jueves pasado, los episodios más recordados de muertes vinculadas a la política tienen como actores a fuerzas de seguridad oficiales: en diciembre de 2001 cuando la represión previa a la caída de De la Rúa, en 2002 cuando los asesinatos de Kosteky y Santillán, en 2007 cuando el homicidio del maestro Fuentealba en Neuquén.

La decisión kirchnerista de no reprimir las protestas les quita protagonismo a las fuerzas de seguridad nacional. En los últimos años, el único hecho de violencia política grave ocurre cuando en octubre de 2006 sectores sindicales peronistas se enfrentan a balazos durante el traslado de los restos de Perón.

Sin embargo, y contra toda evidencia, fanáticos de todo tipo mienten, y anuncian que atravesamos una época sangrienta.

Oráculos que nunca aciertan nos dicen que grupos guerrilleros ingresan al país por las fronteras, o que estamos casi en guerra. Amplios sectores de opinión embrutecidos y cultos repiten frases como “estamos fracturados”, “necesitamos paz” o –tras comparar un piquete en la 9 de julio con la violencia de la década del ’70– pontifican con un “no aprendimos nada”.

Definitivamente estúpidos, ahora estos muchachos apocalípticos se regocijan porque por fin tienen su muerto.

Sin dudas, lo peor de estos días es la vigencia de una matriz sindical que sale naturalmente a cazar zurdos. Pero también es grave y miserable el entusiasmo con el que los agoreros de la violencia salen a festejar sus malos pronósticos.

Estamos en una etapa pre-revolucionaria, vieron. Igual que en los ’70, el gobierno, el sistema, los tiranos de Olivos, los sindicalistas, los peronistas, los demonios de la política ponen el país al borde de la disolución.

Si antes lo decían sin ningún episodio de violencia que les diera la razón, desde el jueves los pronosticadores profesionales festejan alborozados.