Las últimas órdenes

Las últimas órdenes pasó sin pena ni gloria por la cartelera porteña en octubre de 2002. Quienes no la vieron entonces pueden sintonizarla ahora en la televisión premium, y disfrutar de la adaptación que Fred Schepisi (algunos lo recordarán por haber dirigido Empire Falls) hizo de la novela homónima de Graham Swift. 

Ante todo, la película llama la atención por el elenco que encabezan Michael Caine, Helen Mirren, Bob Hoskins, Ray Winstone, Tom Courtenay y David Hemmings. Da gusto reencontrarse con todos ellos, y en particular con el actor que protagonizó la célebre Blowup de Michelangelo Antonioni.

Algunos espectadores considerarán poco original la idea de que la ejecución de la última voluntad de un ser querido recién fallecido sea el disparador de recuerdos y reflexiones sobre la existencia, la amistad, el amor, la paternidad. Es probable que este mismo público objete los flashbacks de rigor y las típicas revelaciones que el presente le arranca al pasado.

Es cierto que otros films ya usaron estos recursos para referirse a lo que la vida hace de nosotros con y sin nuestro consentimiento. Pero también es cierto que Las últimas órdenes se distingue por proponerlo desde la mirada de la tercera edad, y sin apelar a la sensiblería.

A título estrictamente personal, quien suscribe sostiene que Mirren, Hoskins y Hemmings brindan las actuaciones más conmovedoras. Dicho esto, nadie desentona (tampoco quienes encarnan a los personajes en sus años mozos) en esta coproducción germano-británica que pocos argentinos vieron en 2002.