Momentos que duran para siempre

Basada en las memorias de Maja Öman, Momentos que duran para siempre enhebra recuerdos familiares, episodios históricos y destellos de talento fotográfico. Al expresar la admiración de la autora por su madre, la adaptación a cargo del casi octogenario Jan Troell también propone un reconocimiento a la mujer capaz de enfrentarlo todo: privaciones económicas, violencia doméstica, embarazos no deseados, la poliomelitis de un hijo y la frustración de una pasión artística.

María Larssons es la gran protagonista de este film cuyo título original la nombra. Quizás por eso María Heiskanen es la actriz que más se destaca entre los demás integrantes de un elenco homogéneo.

Ya al principio del largometraje, la voz en off describe la mirada atenta y original de este personaje. Los espectadores vemos lo que ven sus ojos (por ejemplo, las especies de estalactitas que se forman en un techo) y lo que captura su cámara (por ejemplo, los rostros de los niños que espían el ataúd donde yace una compañera de escuela).

María se convierte en referente de la clase baja y en testigo de la primera mitad del siglo XX en Suecia. La crónica de sus días como esposa y madre que lava y cose para afuera alude a distintos hitos de la historia reciente europea: el fenómeno migratorio hacia América, las protestas sociales (sobre todo huelgas), la Revolución Rusa, la Segunda Guerra Mundial.  

Heiskanen nos convence de la fuerza, integridad e inteligencia de su personaje. Troell recrea con estética y delicadeza las anécdotas y el contexto que Öman describe en su libro autobiográfico.

Aunque fiel al título original, Momentos que duran para siempre quizás no sea la traducción más feliz para una película irreductible al conocido slogan de Kodak. Ante la proximidad del Día de la Madre, a lo mejor conviene recomendarla como homenaje a una progenitora llena de sensibilidad y coraje.