Periodistas seriales

¿De qué manera la enseñanza del periodismo consigue fabricar -en serie y al menor costo- jóvenes profesionales dispuestos o resignados a hacer de la información lo que es hoy? ¿Por qué los maestros capaces de reconocer las exigencias del mercado se las ingenian, con convicción y sinceridad, para que sus discípulos las satisfagan sin por eso dejar de sentirse “libres” en medios “libres”? Siete años atrás, François Ruffin recorrió el Centro de Formación de Periodistas de París (CFJ es la sigla en francés) con la intención de responder a estas preguntas que hoy siguen vigentes… no sólo en el hexágono europeo.

A continuación, la traducción de las observaciones principales del artículo publicado en Le Monde Diplomatique. Cabe aclarar que, por razones de espacio, las llamadas y referencias del texto original fueron eliminadas.

La importancia del diploma
Una curiosidad del periodismo: se trata de una profesión considerada “abierta” porque en principio no exige ningún diploma. De hecho, sólo un 12% de los dueños de alguna acreditación de prensa egresó de las IUT de Bordeaux y Tours, del CUEJ de Strasburgo, de la ECJM de Marsella, de las escuelas de Lille y Toulouse y, en París, del CFJ, del Celsa y del Instituto Práctico de Periodismo.

Este porcentaje enmascara una distinción importante entre, por un lado, la prensa regional y la especializada que reclutan a los no-diplomados en forma masiva y, por otro lado, los medios más renombrados (AFP, France-Inter, France 2) que consideran la formación académica como requisito “casi indispensable”.

Dicho de otro modo, un joven periodista sin preparación formal es un empleado cada vez más improbable en los medios nacionales. Se trata de una evolución notable del métier: donde antes se entraba por la puerta chica o por acomodo, ahora exigen título.

Periodistas de elite
Fundado en 1946 por jóvenes de la Resistencia, el CFJ estructura de manera perdurable al periodismo francés. Forma una “elite” que equivale a una gota de agua de dos mil egresados en el océano de 32.768 colegas, pero que copa los grandes medios: una veintena en Le Figaro, L’Express y Europe 1, una trentena en TF1, una cuarenta en Libération, una cincuenta en France 2, unos 65 en Le Monde, más de cien en AFP.

Dada esta realidad, el CFJ determina en parte qué son y serán los medios.

Ejercicio profesional
El Centro construyó cierta concepción del oficio que los alumnos expandieron en las redacciones. Al principio, los docentes promocionaron las virtudes de los hechos en detrimento de los comentarios, y exigieron un ejercicio fáctico y confiable. Al cronista aventurero como Joseph Kessel o al redactor talentoso como Albert Camus (figuras emblématicas de un periodismo anterior), el CFJ les opuso el modelo del profesional riguroso, de escritura “clara, correcta, concisa, completa”, sin adornos y con cita de fuentes.

En contra de una profesión donde reinaba la corrupción, los profesores exhortaron a la honestidad intelectual y pecuniaria, y a la defensa de los valores morales contra la lógica de la rentabilidad. Sin embargo, desde entonces el periodismo fue menos ciudadano y más lucrativo.

De este vuelco ideológico da cuenta la orientación actual del Centro, tanto por su pedagogía como por su vacío intelectual y su discurso liberal.

“Un flash son seis o siete tac, tac, tac breves. Nunca una frase que supere los cuarenta segundos”. En la enseñanza, predominan las exigencias de forma y formato, con prescripciones que se suceden y ensamblan: “en la medida de lo posible, eviten las subordinadas, las frases que excedan las catorce palabras”.

La cuestión del sentido no se plantea, y se la entierra en cuanto surge:

– ¡Pero en un minuto no hay tiempo para decir nada!
– Y sí, ¡bienvenido al mundo de la tele!”

El arte de la imitación
El CFJ impone un dogma -“seguir la actualidad ante todo”- que enmascara una opción economicista: se le pide al joven periodista que se abstraiga y que renuncie a sus valores, si los tiene, en nombre de la jerarquía informativa que demanda la opinión pública. La formación consiste entonces en imitar a los grandes medios contemporáneos.

Sin lectura ni cultura
¿Puede concebirse una “gran escuela”, que además es de periodismo, sin biblioteca? Al parecer sí: el CFJ cuenta con un centro de documentación modesto con revistas, guías, algunos diccionarios, un manual de la puntuación… un centenar de libros apenas.

Esta indigencia se corresponde con un lema del establecimiento, nunca formulado como tal: si ejercer el oficio periodístico no exige conocimientos específicos, ¿de qué sirven los instrumentos de saber?

Los mismos estudiantes prefieren leer las reseñas hechas a un libro que el libro mismo. De esta manera, incorporan el ritmo del oficio, cultivan el apetito por la productividad, y adoptan las astucias necesarias. Después de todo, lejos de perjudicar al periodista, el desconocimiento constituye una virtud: el saber puede atentar contra la síntesis, y la complejidad puede llevar al cronista a desbordar el formato gráfico y superar el minuto televisivo.

Perdida en la no man’s land de los flashes y las breves, la cultura general sobrevive al margen de la práctica profesional. Esta tendencia a nivelar hacia abajo, este culto al pensamiento mínimo estigmatizan al alumno.

Sin espíritu crítico
La ausencia de confrontación e interrogantes engendra conformismo: el CFJ no estimula -incluso desalienta- este ejercicio crítico, y los estudiantes no lo reclaman. A lo sumo, el debate entre ellos pasa por las mini-controversias “a favor o en contra”, “facho o retro”.  

Una palabra pública anémica y un pensamiento exangüe conviven en un establecimiento donde justo se forman los (supuestos) agitadores de la democracia. ¿Cómo explicar esta paradoja aparente?

Seguro, nuestra época desencantada tiene la culpa. Estos jóvenes crecieron durante la crisis; son una generación pragmática sin utopías ni ilusiones. “He ahí el espíritu del tiempo -señaló Cornelius Castoriadis- todo conspira en el mismo sentido, por los mismos resultados, es decir, la insignificancia”.

También se suma una fuerte homogeneidad social. ¿Cómo debatir sobre la tortura en Argelia, la Corte Penal Internacional o sobre la intervención en Afganistán cuando los alumnos siempre están de acuerdo? Todos “progresistas”, todos “modernos”, todos de centro-izquierda.

Chicos de clases medias superiores, de juventud insípida o feliz. Ninguna injusticia los marcó. Salvo excepcionalmente, no sienten indignación contra el mundo. ¿Qué sentido tiene ofrecerles herramientas teóricas para denunciar un orden (escolar, financiero, judicial) establecido que no los perjudica?

Inculcación de creencias
El Centro nunca propone una reflexión crítica sobre el mundo, menos sobre el periodismo. Tampoco una semiología dispuesta a revelar la condición no tan natural de las nociones de “suceso” y “noticia”.

Tampoco convoca a algún sociólogo interesado en desmontar los apriori de los medios, o a algún historiador especializado en las batallas libradas en el sector. Tampoco se permite presentar un contra-modelo como quien abre una ventana.

Los docentes se esfuerzan por inculcar creencias. Es evidente que hay que producir rápido; es evidente que hay que atraer al público; es evidente que hay que anunciar el estado del tiempo, las fluctuaciones bursátiles, los resultados deportivos. Pero es todavía más evidente que nadie cuestiona esas evidencias.

Nunca criticado, el modo de producción típico de LCI, Le Parisien, France Info aparece como natural. Y por lo tanto imposible de retrucar en nombre de un antes (ignorado), de un afuera (desconocido) o de una otredad (no formulada).

Legitimidad limitada
Lejos de emancipar los espíritus, los discursos redoblan este encierro. De hecho, sólo es legítima la palabra de los invitados recurrentes: jefes de redacción de Paris-Match, La Croix, France 2, Le Parisien; ejecutivos de Canal+, RTL, Ouest-France; directores de Télérama, L’Express, Le Monde, TF1, L’Equipe… Una serie de dirigentes poco proclives a la rebelión. Justo ellos que encontraron un lugar confortable en la cima del “cuarto poder”.

Sus postulados no cuestionan el orden comercial; lo justifican: “el único criterio es el resultado, la audiencia o la venta”, sostienen. Tema casi único: el dinero. En sentido único: el dinero hace la felicidad de los periodistas. Una fatalidad benefactora, y nadie que intervenga para incitar la crítica a esta tendencia. En cambio, todos la aplauden con unanimidad.

Descubrir el punto de vista de la cima resulta muy esclarecedor. Sobre todo cuando las máscaras caen con el pretexto de que “estamos entre nosotros”, “queda en familia”, “podemos decirlo todo”, y cuando el negocio de las news deja de camuflarse bajo el manto de cultura, espíritu, virtud y sabiduría”. En el CFJ estos patrones detentan el monopolio discursivo sobre periodismo.

Se trata de un modelo. A los estudiantes les llegará el turno de escalar la jerarquía de los grandes diarios. Deberán parecerse a estos directores-gerentes, hablar sobre marketing, rentabilidad, audiencias. Es una desfloración ideológica que el Centro garantiza bajo el disfraz de formación académica. 

Periodismo funcional
¿Cuál es la función del periodista? Ya nadie plantea esta pregunta porque el periodista está para adaptarse a la demanda del mercado. ¿Para que sirve el CFJ? Para adaptarse a las necesidades de las empresas.

Los responsables del Centro se enorgullecen de esto. Cuando presentan al CFJ, dicen trabajar “en función de las necesidades de los reclutadores”, encontrar “una solución al desequilibrio entre oferta y demanda”, saber “responder a la evolución del mercado”, “adaptar la enseñanza a las exigencias de la profesión y los medios”, “fijar una política en relación con un entorno mediático en evolución constante” con miras a entregar estudiantes “con llave en mano” (…) “polivalentes e inmediatamente operacionales”.

En los años ’80 y ’90, este economicismo impregnó progresivamente toda la formación periodística. Pero el fenómeno fue más flagrante en el CFJ, que se adaptó más rápido al mercado. Un viraje liberal, que las circunstancias históricas pueden explicar.

Periodismo empresarial
Tradicionalmente, el Centro de Formación y Perfeccionamiento de Periodistas (CFPJ son las siglas en francés) se regía paritariamente por una mitad compuesta por sindicalistas y otra mitad compuesta por patrones. En la primavera de 1998, RMC, La Vie du Rail, Bayard Presse, France 2, France 3, Le Nouvel Observateur, Hachette entre otras empresas “salvaron” el Centro.

Esta privatización solapada provocó una ruptura: echaron a los guardianes del templo, y suprimieron archivos. Tanto que las tradiciones y sus depositarios no están más para frenar el ascenso del rey dinero.

Este cambio se percibe en el plano pedagógico, con un savoir-faire tecnicista que eclipsa el saber humanista. También se nota en el lugar, con una biblioteca llena de muros, en el alza vertiginosa de las cuotas de inscripción, e incluso en el vocabulario: el CFJ se convirtió en “el Grupo CFPJ”.

El afiche de la entrada no habla más de “escuela” sino de “acceso a la empresa”, y la directiva proclama “la casa matriz, que entre nosotros se llama holding…” mientras alimenta ambiciones dignas de un magnate: “en este momento estudiamos cómo dedicarnos de lleno al management“.

Como ante un espejo que sobredimensiona, el CFJ se descubre reflejo de los medios actuales. A imagen y semejanza de las corporaciones que cotizan en la Bolsa o coquetean con grupos industriales, este establecimiento de elite enseña un periodismo ordinario, convenido y conveniente, sin riesgo ni revuelta, desprovisto de esperanza pero rentable, cuya pesadez aplasta redacciones.

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Aclaración. La ilustración serial de este post replica la de este otro texto sobre el sumun de la objetividad.