El encanto del erizo

El encanto del erizo les rinde homenaje a los libros, al cineasta japonés Yasujiro Ozu, a la animación de dibujos, a residentes extraños y extranjeros, a una infancia que se declara resistente, autónoma y rebelde. Precisamente el abuso de la declamación es el mayor problema de un tributo plural que algunos espectadores valoramos por el solo hecho de restituir -al menos por estos pagos lejanos- a Josiane Balasko.

En esta oportunidad, quien escribió, dirigió y co-protagonizó Cama para tres encarna a la reservadísima portera de un refinado edificio parisino donde vive la púber Paloma Josse, interpretada por Garance Le Guillermic. Juntas, la adulta enigmática y la niña prodigio sostienen la adaptación cinematográfica que Mona Achache propone de la novela de Muriel Barbery.

Togo Igawa encarna a Kakuro Ozu, tercer vértice de un triángulo inusual que, por defectos del libro o del guión, fuerza la intención de homenaje cultural y crítica social. De hecho, la portera con apariencia misántropa pero culta y tierna, la niña superdotada pero casi-casi abandónica y el japonés con su país al hombro pero empecinado en fraternizar con dos francesas excepcionales están más cerca del estereotipo publicitario que de la fábula poética.

Aparece cierta sensación de cartón lleno cuando sumamos el retrato de una madre adicta a los ansiolíticos, la anécdota del pececito empastillado que resucita en un inodoro, la importancia asignada a los gatos, la ocurrencia (no tan ocurrente) de un muerto que sigue reflexionando apenas fallecido.

El giro abrupto hacia el golpe bajo (la escena que inspira las palabras finales de Paloma, y que retoma las iniciales) es quizás el punto más álgido de una película snob. Por suerte, y para consuelo de algunos, actúa Balasko.