El hombre de al lado

El hombre de al lado es digna de la trayectoria que Mariano Cohn y Gastón Duprat supieron forjar desde los catódicos Cuentos de terror y con las películas Yo Presidente y El artista. Esta vez, la dupla de realizadores argentinos vuelve a mofarse de -parafraseando a Luis Buñuel– la discreta indecencia de nuestra burguesía, que además se siente parte de la intelligenzia internacional.

La apertura del film anticipa la intención de enfrentar dos realidades -y a dos personajes- a partir de una medianera en común. Una pantalla dividida muestra entonces, en la porción derecha, la cara interna de una pared golpeada a mazazos y, en la porción izquierda, la cara externa de ese mismo muro en proceso de destrucción.

Así como en El artista los espectadores nunca vemos los dibujos que hace el loco interpretado por Alberto Laiseca, en El hombre de al lado tampoco podemos siquiera asomarnos a la casa del vecino que falta a las leyes del código urbano y de la estética. Cohn y Duprat nos impiden ser testigos ominiscientes, quizás porque nos imaginan menos sensibles a la problemática del transgresor (e impresentable) Víctor que a la del damnificado Leonardo.

Además de acercarnos al personaje que encarna Rafael Spregelburd, el no ver/saber/conocer les da legitimad a los prejuicios suyos y nuestros. Ésta es la materia prima con la que los guionistas y directores desarrollan el retrato despiadado de otro artista canalla: ya no un impostor que se apropia del trabajo de un enfermo, sino un diseñador cómodamente instalado en su palacio de cristal (la única casa que Le Corbusier construyó en América Latina).

Spregelburd y Daniel Aráoz se prestan al juego de versiones y apariencias con toda plasticidad. Los secundan de manera sobresaliente Lorenza Acuña en el rol de mucama paraguaya y Eugenia Alonso, cuya Ana de esencia viperina profesa la espiritualidad del yoga y exige el irritante «piquito-piquito».

Cuesta encontrar algún cabo suelto en El hombre de al lado. Hasta detalles aparentemente intrascendentes, como la remera con la leyenda «Underground» o el jabalí al escabeche, deparan un remate a veces genial.