El africano

Más allá de las intenciones de Jean-Marie Gustave Le Clézio, El africano evoca a autores tan disímiles como Rainer María Rilke, Marcel Proust, John Maxwell Coetzee y Paul Auster. Del primero retoma la definición de la infancia como verdadera patria del hombre. Del segundo, la recuperación de un tiempo perdido a partir de un aroma o sabor. Del tercero, el pesar por un continente víctima del colonialismo europeo. Del cuarto, la necesidad de reconciliarse con un padre ausente.

Dicho esto, nadie pretende acusar el escritor franco-mauriciano de robo intelectual. Señalar coincidencias literarias es responsabilidad exclusiva de los lectores, y aquí apunta a ilustrar la calidad poética, filosófica, política de una novela autobiográfica que supera ampliamente las limitaciones del género.

Desde ya, Le Clézio cautiva nuestra atención a partir de una primera persona que comparte recuerdos, sentimientos, reflexiones. Para mayor intimidad, el autor-narrador publica (sin editarlas, en blanco y negro y en tamaño original) algunas de las fotos que su padre médico sacó mientras vivió en África en los años ’30 y ’40: paisajes y personajes de una geografía y un tiempo lejanos.

En ese entonces y en ese espacio, este Premio Nobel de Literatura sitúa y reencuentra la génesis de su persona y de su historia familiar. Por eso, aún hoy, ciertos aromas y sabores lo trasladan a un pasado fundacional. Por eso, la tragedia africana lo conmueve e indigna de manera visceral.

Pequeño gran libro, El africano renueva ediciones desde su primera publicación en 2004. Sin dudas, los argentinos harán bien en leer la de Adriana Hidalgo, con traducción de Juana Bignozzi.