Los deseos de Daniel Barenboim

Hoy, jueves 19 de agosto, se cumplen sesenta años desde aquel primer concierto para piano que el niño Daniel Barenboim dio –cuenta La Nación– en la (ahora desaparecida) sala Breyer de la calle Maipú. Sin dudas, este aniversario es una buena ocasión para recordar la carta abierta que el director de orquesta publicó el 31 de diciembre de 2008, y cuya introducción transcribimos a continuación.

Sólo tengo tres deseos para el próximo año. El primero de ellos es que el Gobierno israelí se dé cuenta de una vez por todas de que el conflicto en Oriente Próximo no puede ser resuelto por la vía militar. El segundo es para que Hamás tenga presente que sus intereses no se imponen con la violencia, y que Israel está aquí para quedarse. El tercero es para que el mundo reconozca que este conflicto no tiene parangón en la Historia. Es complejo y delicado; es un conflicto humano entre dos personas profundamente convencidas de su derecho a vivir en el mismo y minúsculo pedazo de tierra».

Los deseos del Maestro siguen sin cumplirse. Israelíes y palestinos insisten en matarse mientras el resto de los mortales asistimos, impávidos, a un conflicto que «ninguna diplomacia o acción militar puede resolver».

Sin embargo, el desembarco de Barenboim en Buenos Aires nos invita a imaginar a un Dios conmovido por la visita, y convencido de que los deseos de este compatriota ilustre -ahora así- merecen hacerse realidad.