Igualita a mí

Con Igualita a mí, Adrián Suar vuelve a posicionarse como productor de éxitos cinematográficos además de catódicos. No importa cuánto saturen las promociones on y offline, cuán previsible sea la historia de Fredy y Aylín, ni cuánto se repita el típico chanta porteño que alguna vez interpretaron Carlín Calvo, Guillermo Francella, Ricardo Darín. Conciente de sus limitaciones, el ex Pelito cumple con la promesas que puede hacer: ofrecer una propuesta entretenida «para toda la familia», y reconciliar a muchos televidentes con el subestimado cine nacional.

En Inglaterra y Estados Unidos, definirían a la película de Diego Kaplan como una «feel good movie». En Argentina, somos más verborrágicos y nos referimos a un cine que pretende hacer sentir bien al espectador, ofrecerle la posibilidad de olvidar/ignorar una realidad indigesta cuando no agresiva. 

Igualita a mí cumple con este objetivo y se congracia con un público que acepta entretenerse con más de lo mismo: con el chamuyero entrador, que data de los tiempos de Luis Sandrini y Fidel Pintos, con un Suar dispuesto a tomarse el pelo (en el sentido literal y metafórico de la expresión), con mujeres simpáticas y queribles gracias al Trece (en este caso, Florencia Bertotti y Claudia Fontán), con la garantía de un final feliz que reivindica a la «famiglia unita» (los Campanelli, omnipresentes en nuestro imaginario mediático).

Aún así, la comedia pierde puntos cuando se la compara con Un novio para mi mujer. Primero porque Valeria Bertuccelli y su Tana superan a Bertotti y su Aylín; segundo porque el film de Juan Taratuto baja menos línea (o es menos obvio al hacerlo) que el de Kaplan; tercero porque el Tenso le escapa al estereotipo burdo que afecta a Fredy; cuarto porque el guión de Juan Vera, Daniel Cúparo y Mariano Vera es más irregular que el de Pablo Solarz.

Según informó ayer Clarín, Igualita a mí ya alcanzó el segundo lugar en el ranking de la taquilla local después de El último maestro del aire de M. Night Shyamalan. Otra vez, Suar vuelve a posicionarse como hacedor de éxitos mejores o peores, pero siempre capaces de convocar a un público que suele despreciar al cine nacional (dicho sea de paso, ojalá éste sea un espaldarazo para el director de la recordada -y en 2002 prometedora- ¿Sabés nadar?).