Listo el traje

Por Jorge Gómez
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En la fría tarde de ayer 14 de julio, unas miles de personas acompañan al Senado de la Nación en la sanción de la ley de matrimonio igualitario. Agrupaciones de gays y lesbianas, La Cámpora, el Partido Obrero, que entrega sus previsibles volantes contra el Gobierno… Vendedores de choripán, un grupito con una pancarta cuya leyenda sostiene “Los peronistas bancamos la lucha de los putos, los trabas y las tortas”, gente de  Berazategui, porque el intendente Juan José Mussi es un kirchnerista explícito con asistencia perfecta.

También hay pancartas contra Bergoglio (“Satán, sacate la sotana”), y una señora discute con un pibe de la Fede: “te quiero ver a vos si tenés un hijo así”.

Sobre un escenario montado en la Plaza de los Congresos, canta muy bien una chica cuyo nombre no recuerdo. Luego anuncian la participación de Patricia Sosa, Kevin Johansen y el dibujante Liniers.

Estoy allí para disfrutar de un paso significativo en el camino hacia la igualdad. En una primer mirada, todo resulta un poco estrafalario, desordenado, muy distinto a las concentraciones políticas tradicionales. Cuando me detengo a mirar a la gente, percibo otras cosas que tampoco son habituales.

Decenas de parejas de muchachas tomadas de la mano, que están allí orgullosas de dar la cara y reconocerse, libres. Algunos hombres, muchas señoras en pareja que desafían el frío, la noche y la discriminación. Busco a las dueñas de la librería de mi barrio, que están juntas hace 20 años. Seguro que vendrán cuando cierren el negocio.

Mi amiga que me invitó a su casamiento si sale la ley no pudo venir porque después del trabajo debe pasar a buscar a los hijos de su pareja. Pero sabe que estoy aquí, esperando la confirmación de la fecha.

Dos mujeres de 60 años levantan un cartón blanco: “Nosotras dos ya somos una familia”, dice. Las miro y me sonríen, más hermosas que nunca.

Una mirada más atenta descubre hombres y mujeres peleando por sus derechos, chicas que se quieren, pibes que se han enamorado, hombres y mujeres determinados a formar una familia igual a la de todos los demás. En ese sentido –me parece a mí; no se enoje Bergoglio– se trata de una manifestación de gente enamorada que pide que dejen de maltratarla.

Así que me voy, contento porque –otra vez– apuesto a la aprobación de este proyecto de ley. Justo en ese momento, recibo un SMS de mi hermana:

“¿Fuiste al Congreso? ¡Todo para que te invitemos al casamiento!».

Le contesto: “No me importa tu fiesta, nena. Ya tengo otra invitación”.

Y me voy pensando que, si es en verano, ya tengo el traje.