Ningún hombre es una isla

«El título de este libro refiere a un texto de Joseph Brodsky, que a su vez alude al famoso acápite de Por quién doblan las campanas, tomado por Hemingway de un sermón político de John Donne»… La frase no sólo presenta el trabajo de Juan Forn que Emecé publicó a principios de 2010; también anticipa el estilo de una prosa dispuesta a cruzar nombres, citas, anécdotas, coincidencias -no para hacer gala de un saber académico o enciclopédico- sino para probar que efectivamente «ningún hombre es una isla».

Los lectores de Página/12 reconocerán al menos una de las crónicas que conforman este compendio, y que antes aparecieron en la contratapa del periódico argentino. Entre ellas figura por ejemplo «El secreto de sus ojos» (acaso en homenaje a la película de Campanella), que el diario tituló «Cuestión de ojo» y que el amigo Aberel recomendó casi un año atrás.

Forn cuenta anécdotas desconocidas o poco conocidas que reúnen a Jean-Paul Sartre, Sigmund Freud y John Houston, o a Karl Marx y Charles Darwin, o a Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, o a Pablo Picasso y su peluquero Arias entre otros intelectuales y artistas de renombre. También nos invita a descubrir a «personajes de la vida real» (con perdón de la expresión televisiva) como las hermanas Mitford, Amélie Nothomb, Knut Hamsun, Ettore Majorana, el hermano de Ludwig Wittgenstein, Bruno Bettelheim entre tantos otros.

Además de acercarnos a la condición imperfecta, contradictoria, non-sancta de hombres y mujeres geniales, el periodista y escritor refugiado en Villa Gesell propone un mosaico de experiencias que ilustran lo absurdo de nuestra existencia humana (si vivieran, Albert Camus y el mencionado Sartre reconocerían el aporte). Las aventuras y desventuras relatadas también revelan el carácter arbitrario de las apreciaciones, definiciones, críticas y sentencias sobre conceptos tan cambiantes como obra de arte, estética, talento.

Salvo por este vicio cada vez más difundido entre los argentinos, la prosa de Forn es irreprochable: escrita con rigurosidad periodística, timing narrativo, sentido del humor y muy buenos remates. Al término de cada crónica, dan ganas de seguir leyendo, descubriendo, aprendiendo.

Del libro, los lectores entusiastas volvemos al diario, a la contratapa para buscar y encontrar a este periodista, escritor, memorioso lector… Hombre que, como sus pares retratados, tampoco es una isla.