Matrimonio gay: corazonada y catarsis

Por Jorge Gómez
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Aunque los medios sugieran o sostengan que son más las voces en contra que a favor del matrimonio gay, algunos creemos que el Senado terminará aprobando el proyecto de ley promulgado por Diputados. Esta corazonada se basa en tres hipótesis. La primera: al Gobierno nacional le gusta enfrentarse con la Iglesia, entre otras razones porque supone que así podrá recuperar la adhesión de los (ahora distanciados) psicobolches progresistas. La segunda: el tema no le interesa al grueso de la población. La tercera: los detractores de la iniciativa no tienen mayor poder de convicción.

Para el kirchnerismo, reivindicar los derechos de ciudadanos homosexuales es otro gesto simbólico, como descolgar el retrato de Videla del Colegio Militar o inaugurar el Museo de la Memoria en la ESMA. Sin dudas, estas batallas de bajo costo y alta exposición mediática les encantan a Néstor y Cristina.

Desde la misma perspectiva optimista, reconocerles a los homosexuales el derecho a adoptar causará menos escándalo del que hacen los activistas determinados a «no negociar». Por un lado, no es necesario estar casado para ser candidato apto y, por otro lado, los funcionarios de los juzgados y las visitadoras sociales seguirán eligiendo a las familias que más les gustan.

Imaginemos el caso de una pareja de lesbianas profesionales, con trabajos estables, poder adquisitivo digno y a cargo de la crianza de los hijos de una de ellas. Es probable que, ahora mismo, aún sin el respaldo de la ley que los senadores debaten, una de estas mujeres pueda proponer su candidatura con muchas chances de conquistar al juez de turno.

Aunque parezca mentira, varios «Su Señoría» caerían rendidos ante la condición económica, familiar y universitaria de la postulante imaginaria, y la favorecerían por encima de un matrimonio pobre del conurbano. Ante la disyuntiva, importan poco la heterosexualidad de esos esposos y la eventual presentación de una libreta expedida por el Registro Civil.

Obviamente las lesbianas mencionadas no podrían adoptar como pareja, ni darle al niño concedido los dos apellidos, ni tantas otras cuestiones. Insistimos: la intención de estos párrafos es señalar que el matrimonio no es requisito indispensable para obtener la guarda de una criatura.

Por otra parte, aunque se case con una mujer y por Iglesia, Pepito Cibrián no conseguirá adoptar si sigue llorando ante las cámaras de televisión y diciendo que quiere salvar a un chico de la miseria y el abandono infligidos por su madre biológica. Los jueces eligirán a gente más tranquila, más parecida a ellos, criterios que mantienen desde siempre.

Por favor, sepan disculpar la desprolijidad del presente post. Éste es apenas un ejercicio de catarsis con el que pueden identificarse quienes también estén hartos, tanto de los malvados fundamentalistas anti matrimonio gay, como de los buenos homosexuales que hablan tanto-y-tanto-y-tanto.