Sólo un hombre

Existe todo tipo de minorías, la compuesta por rubios por ejemplo. Pero una minoría es concebida como tal cuando se convierte en amenaza para la mayoría. Una amenaza real o imaginaria. Y ahí radica el temor.

Y si la minoría es de algún modo invisible, el temor es todavía mayor. Y este miedo es la razón por la cual se persigue a la minoría. Por eso siempre existe una causa, y la causa es el miedo.

Las minorías son simplemente gente. Gente como uno (…). El miedo es nuestro verdadero enemigo».

Para algunos espectadores, estas palabras que el profesor George Falconer pronuncia ante sus alumnos de Literatura Inglesa representan lo mejor de Sólo un hombre, película que el diseñador de moda Tom Ford le dedicó a la novela homónima de Christopher Isherwood. Que esta tirada redactada en 1964 mantenga su vigencia/pertinencia casi medio siglo después revelaría no sólo cuán poco cambia el mundo (o ciertas mentalidades) sino cuán oportuna y atinada resulta una adaptación cinematográfica.

El llamado telefónico que le anuncia al protagonista la muerte accidental de su pareja hombre (y que le advierte su condición de excluido en el sepelio y funeral organizado por la familia «de sangre»), la fantasía de un vecino de que este docente gay sea trasladado al Coliseo (en tiempos del imperio romano), los reparos de una mejor amiga a la hora de considerar una «pareja completa» a dos varones unidos por quince años de amor remiten a otros textos/ momentos igual de comprometidos, reveladores, conmovedores en términos de concientización sobre parte de la problemática homosexual.

Para otros espectadores, éste puede ser el mayor defecto de un melodrama atento a recoger adhesiones gay friendly. El discurso sobre minorías y miedo, el aviso despiadado, el deseo de castigo arcaico, la negación de legitimación serían las huellas más evidentes de la presencia de otro exponente de cine pedagógico y, de paso, anti-homofobia.

La estética que Ford elige para contar la historia de Isherwood favorece el retrato del homosexual masculino bello, sensible, culto, refinado, apenas amanerado, que asume su condición y realidad con lucidez, vitalidad y coraje, aunque sin la menor intención de provocar, molestar, siquiera figurar… Nada más alejado del perfil de un Truman Capote.

Colin Firth y Matthew Goode parecen los actores ideales para encarnar al profesor Falconer y a su pareja respectivamente. Por lo pronto, el primero compitió por un Oscar 2010 que terminó en manos de Jeff Bridges.

Cuando a fines de abril estrenaron A single man en Buenos Aires, los distribuidores locales podrían haberla promocionado con el título Un hombre solo o, mejor aún, Un hombre soltero. Curiosamente, la traducción habría entusiasmado a quienes valoran el trabajo de Parker por su función concientizadora (los homosexuales tienen derecho a formalizar su vínculo ante la sociedad, y a abandonar su falso celibato), y a la vez habría llevado agua al molino de quienes ven en esta película un mero ejercicio de corrección política.