Antichrist, de Lars von Trier

Cuando se estrene (si es que se estrena) en el circuito comercial porteño, Antichrist de Lars von Trier causará la misma división de aguas que enfrentó a críticos y públicos de otras ciudades cinéfilas. La feroz discrepancia remite, entre otras cuestiones, al peor defecto de la última película del director danés: su desembozada intención, ya no de provocar, sino de escandalizar. Algunos espectadores sentirán que esta falta de disimulo insulta su inteligencia; otros sabrán entretenerse con una propuesta empecinada en -como dicen los franceses- «épater les bourgeois».

La escena de sexo explícito que inicia el film y que contextualiza la tragedia disparadora de todo lo patológico/siniestro/perverso/diabólico por venir es la primera punta de un iceberg concebido para rasgar vestiduras. Nadie critica que, fiel a su filmografía, Lars vuelva a señalar la energía contradictoria del coito, capaz por un lado de bestializar, violentar, sujetar, victimizar, enfermar y, por otro lado, de liberar, rescatar, recuperar, sanar. En cambio, sí se trata de cuestionar la forma explícita del mensaje.

A la elocuencia de algunos planos detalle, se suma el ejercicio del ralenti. La coreografía en cámara lenta evoca cierta estética porno que reaparece en el transcurso del largometraje y que -valga la insistencia- genera suspicacias respecto de las verdaderas intenciones de von Trier.

Por momentos, da la sensación de que el fundador de Dogma 95 encuentra en la profecía del Anticristo la excusa ideal para rendirle homenaje al cine de terror, especialmente a aquél inspirado en la presencia y el accionar demoníacos. La aparición de un zorro animado (con ánima satánica), la intrigante lluvia de bellotas, la misteriosa conducta de un niño enigmático, la conversión mefistofélica del personaje (pa’colmo mujer) encarnado por Charlotte Gainsbourg, la victimización del esposo (pa’colmo psicólogo) interpretado por el ¿reincidente? Willem Dafoe, la ambientación en una casa de campo de nombre Edén pero sin absolutamente nada de bucólico ni paradisíaco son algunos de los elementos a favor de esta primera hipótesis.

Por momentos, parece que la misión principal de Antichrist es molestar al statu quo burgués… con el drama que supone la muerte «accidental» de un hijo pequeño, con la minimización/ridiculización de la racionalidad psi, con la idea de desarrollar el potencial perverso y asesino de gente bien (como en Los idiotas, aquí también los protagonistas son profesionales con poder adquisitivo y ciudadanos dignos del Primer Mundo).

En ambos casos, von Trier fracasa. No tanto porque falla a la hora de generar terror y/o de sacudir al espectador bienpensante, sino porque es incapaz de disimular su verdadera intención de escándalo, irreverencia y maldición.