Después de Italia

Para sorpresa de algunos compatriotas, Argentina le saca varios cuerpos de ventaja a Italia en términos de conexión online, sobre todo de servicio Wi Fi. El concepto de acceso gratuito o de bajo costo se encuentra muy poco desarrollado, tanto que 1) los llamados «Internet points» apenas asoman en zonas de gran flujo turístico, 2) salvo McDonald’s y otras contadas excepciones, no existen bares/cafés/ confiterías con Wi Fi irrestricto, 3) los hoteles de dos y tres estrellas en condiciones de ofrecer conexión inalámbrica suelen cobrar entre 2.50 y 6 euros la hora por un servicio cuya calidad deja bastante que desear.

Esta limitación técnica es una de las razones por las cuales Espectadores no pudo «transmitir» desde Italia, con perdón de la licencia radial y televisiva. La otra, más contudente, tiene que ver con la lentitud de quien suscribe para asimilar, procesar, digerir y verbalizar lo que piensa/siente mientras descubre otras tierras, respira otros aires, transita otras calles, conoce otras gentes, degusta otras especialidades gastronómicas, toma otros medios de transporte, duerme en otras camas y se baña en otras aguas.

El regreso a casa tampoco es inmediato para quien, en estas circunstancias, es víctima del destiempo entre cuerpo y alma. Sin dudas, los sentidos perciben los cambios de geografía, temperatura, gusto y olor pero la mente sigue sujeta a otro idioma, otro huso horario, otra estación del año, y a la rutina del viajero (mucho más enriquecedora que la del autómata sumido en la vida cotidiana).  

De haberse publicado en su momento, las fotos de una Cinecittà deteriorada y amurallada habrían revelado el desencanto de los cinéfilos que apostamos a la ilusión de asomarnos al Hollywood italiano. La captura de la tapa del diario inmobiliario Il mattone habría señalado el falso amiguismo lingüístico entre «el ladrillo» en italiano y «el matón» en castellano, e invitado a bromear sobre la fama mafiosa de Nápoles.

Las imágenes de rincones romanos, florentinos, sorrentinos, amalfitanos, sangimignanos habrían probado la riqueza artística, cultural e histórica de Italia… como si hicieran falta pruebas. El testimonio del recorrido por el Vaticano (Basílica de San Pedro y los museos, incluida la Capilla Sixtina) habría disparado alguna polémica sobre la impresión que genera ver tanto tesoro y tanto personal de seguridad (gorilas con una apariencia similar a aquéllos que vigilan las instalaciones de la CIA) en la Santa -y cristianísima- Sede.

Sin dudas, la conducta de los turistas también habría merecido un post. Si los seres humanos somos una especie predadora, los turistas son los ejemplares más representativos en este sentido. No existe nacionalidad libre de pecado: escandinavos, alemanes, estadounidenses, franceses, españoles, orientales, latinoamericanos, indios albergan entre sus grupos y filas a individuos que invaden, arremeten, se apropian, destruyen, obstruyen, transgreden, agreden, ofenden y compran, compran, compran.

La conducta de los italianos era igualmente digna de alguna entrada, no tanto para señalar virtudes y defectos de quienes habitan la bota europea sino para fundamentar cierta teoría personal sobre la italianidad de nuestra argentinidad. De hecho, quien suscribe cree haber encontrado la respuesta definitiva e irrefutable a la pregunta sobre el porqué de nuestra idiosincrasia indisciplinada, improvisada, transgresora, chanta.

El enfrentamiento entre la Italia del Norte y la Italia del Sur evoca la tradición facciosa que también mantenemos por estos lares; las intervenciones berlusconianas emulan aquellas menemistas (o menemianas); Nápoles parece rendirles honores a uno, dos, tres, cuatro, cinco entre otros vicios porteños; los atropellos de Alitalia minimizan o relativizan la(s) ineficiencia(s) de nuestras Aerolíneas Argentinas.  

A todas luces, los argentinos no descendemos de los europeos ni «de los barcos», como sostiene el dicho popular. Los argentinos descendemos de los italianos («del sur», especificarán algunos).

En la memoria de esta blogger quedan grabados a fuego los vestigios del Coliseo, el Foro Romano y Pompeya, las torres de San Gimignano, el magnífico David de Miguel Ángel, la historieta santa que el mismo pintor trazó en el techo de la capilla Sixtina, el frente de la Basílica de Santa María del Fiore, el ocre de Roma y Florencia, el azul del Tirreno, los recortes de la costa amalfitana, el aroma a pan de pizza y a jazmín según el lugar, la voz del subte que anuncia «prossima fermata: uscita lato destro/sinistro» según la ocasión.

El ego nacional(ista) también señala las remeras de fútbol con la inscripción «Maradona«, la estatua dedicada a José de San Martín en los jardines de Villa Borghese, los posters de El secreto de sus ojos cuyo estreno se anunciaba para los primeros días de junio, los goles de Diego Milito a cuenta de la copa europea que ganó el Inter de Milán y, siempre en materia de fútbol, los elogios al apellido Bertoni gracias al desempeño del admirado Daniel.

A una semana desde su regreso a Buenos Aires, quien suscribe sigue asimilando, procesando, digiriendo hallazgos, impresiones, recuerdos. A modo de síntesis, este post pretende cerrar la experiencia italiana y anunciar la intención de retomar la frecuencia de actualización propia de Espectadores.

Sean pacientes, estimados lectores… De a poco, volverán las reseñas cinematográficas, televisivas y con suerte literarias. 😉