El caso de General Villegas. Machismo y misoginia a la argentina

Por Jorge Gómez
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En octubre de 2008, la prensa occidental se hizo eco del caso de una niña somalí de 14 años, violada por tres hombres y condenada a la pena de muerte por adulterio. Las autoridades competentes entendieron que, en realidad, la relación sexual había sido consentida, y exigieron que la adolescente fuera enterrada hasta la cintura y lapidada hasta la muerte en un estadio de fútbol donde asistieron unas mil personas.

Los hechos recientes de General Villegas prueban que la moral machista y reaccionaria no es exclusiva de la barbarie islámica que rasgó tantas vestiduras dos años atrás. Por lo visto, el fenómeno de doble victimización también se produce en nuestra sociedad católica, apostólica y romana cuando una muchacha abusada y sometida al escarnio del video (virtual plaza pública) es acusada de haber provocado a sus victimarios.

En esta reedición autóctona del tradicional castigo a la adúltera, el hombre vuelve a aparecer como el inocente damnificado por la conducta pecadora de la mujer. 

Los indignados pobladores de General Villegas que atacan la moral de la víctima, y que le endilgan enfermedades improbables y medievales como la fiebre uterina, no se avergüenzan de sus hombres brutales, abusadores y exhibicionistas. No sienten horror ni compasión por esta vecina adolescente sometida a la violencia machista y al escarnio del video comentado y festejado durante semanas.

En esta apacible comarca bonaerense que seguro cuenta con su iglesia, su plaza y un prostíbulo ubicado en las afueras, muchos creen que las mujeres son instrumentos de lujuria de las que un honesto padre de familia puede hacer uso sin consecuencias. Si la muchacha lo denuncia, y aunque la ley lo condene, la culpa nunca será del varón. En todo caso, una bruja puta y lujuriosa cegó al buen ciudadano y lo llevó al pecado.

Ella es quien debe ser castigada.

Éste es un asunto grave. De hecho, si bien el Código Penal es claro acerca de la responsabilidad de los adultos en casos de abuso o violación de menores, queda expuesta una fractura entre las leyes y la moral de un número importante de ciudadanos que lapidarían con gusto a la niña agredida.

Este abismo entre la Ley pregonada y el sentir de la población debería generar debates amplios sobre machismo y violencia de género. También sobre el placer morboso de la exhibición de videos personales y sobre la imagen que los medios de comunicación proyectan de las mujeres y el sexo como instrumentos de placer masculino.

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Anécdota para la ocasión.

A continuación, recreamos el siguiente diálogo entre una mujer perteneciente a una familia adinerada de Quilmes, y colaboradora del Padre Farinello en una iglesia de la villa, y el conocido sacerdote.

– Padre, cuando uno pasa por la villa, las chicas que usted protege están ofreciendo sexo oral.
– Sí, ¿quién se lo contó?
– Mi marido y mi hijo.
– Efectivamente, son nenas de doce años… Nosotros tenemos este problema de las chicas que ofrecen sexo a los ricos de Quilmes. Pero usted, querida, tiene otro problema: en su casa convive con dos hijos de puta.