Bicentenario. A favor y en contra del festejo

A favor, por Jorge Gómez
——————————————

Durante la segunda década del siglo XIX en diversas ciudades de las colonias españolas en América surgieron movimientos independentistas que en pocos años culminaron con la creación de casi todos los estados nacionales al sur de los Estados Unidos, salvo Brasil y varios países del Caribe que tuvieron desarrollos distintos.

La República Argentina es hija de ese proceso, y en mayo puede conmemorar los 200 años del Cabildo Abierto que puso en marcha su nacimiento como Estado. Tomando gran parte del antiguo Virreinato del Río de La Plata (sin los actuales Paraguay, Uruguay y Bolivia), este Cabildo de Buenos Aires sublevado y las administraciones subsiguientes lograron, en un lapso aproximado de 50 años, unificar un país, incorporar la Patagonia y sentar las bases de una nación con un importante ciclo de crecimiento hasta la crisis capitalista de 1930.   

En las décadas posteriores a esa brutal ruptura en los términos de intercambio comercial que hizo estallar el modelo agroexportador de 1880, la dirigencia argentina –ya acusada de perezosa y poco patriota- ensayó y abandonó procesos de industrialización y de sustitución de importaciones, pero mantuvo un ciclo de inclusión social y crecimiento hasta los ’70. Luego probó con autoritarismo, represión, democracia, neoliberalismo, exclusión.

Tomó varios colectivos y debió bajarse de todos porque no supo explicar adónde iba.

Sin embargo, nacimos con la caída de las colonias españolas en América y –en ese vecindario, que es el sitio natural de referencia para analizar los procesos del bicentenario– el país hizo bastante y no lo hizo tan mal. Es el país que propuso educación universal, obligatoria y gratuita cuando en el resto de América del Sur ni lo sospechaban.

También es el país de la reforma universitaria, de la Semana Trágica y las leyes sociales del peronismo, del Cordobazo, del estúpido fervor nacionalista que despertó Leopoldo Fortunato Galtieri. El de Raúl Ricardo Alfonsín que encaró a Ronald Reagan en los jardines de la Casa Blanca para pedirle respeto, y el de Carlos Menem que nos humilló con su propuesta a favor de las relaciones carnales.

En los próximos años las ciudades sudamericanas festejarán sin complejos sus respectivos bicentenarios, y parece que en nuestro país –sobre todo en Buenos Aires– la idea del festejo nos avergüenza.

En mi opinión, salvo que seamos anarquistas y estemos en contra de los Estados, podemos hacernos cargo de toda nuestra historia y recordar el bicentenario de la patria con seriedad y respeto. Las personas festejamos los cumpleaños de los amigos, de los clubes, de cualquier institución porque nos sentimos parte de una historia común, de un espacio que nos reúne a todos y al que no es sencillo (ni bueno) renunciar.

Contra la tendencia dominante a ignorar o repudiar el bicentenario, este humilde blogger propone reconocer la historia, asumirla y festejar doscientos años, que no son pocos ni fueron tan fáciles.

<><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><><>

En contra, por María Bertoni
———————————————–

Entre los sitios web que el Gobierno Nacional montó y actualizó para anunciar los festejos de nuestro bicentenario, éste reivindica «la Revolución que abrió el paso para la independencia argentina». Las dos palabras clave de esta frase con tufillo a slogan publicitario chocan contra un pasado incapaz de semejantes hazañas y un presente cuyas deudas históricas, sociales, externas e internas empañan todo ánimo de regocijo.

Una cosa es conmemorar los 200 años transcurridos desde la conformación de la primera junta criolla que tomó las riendas del entonces virreinato del Río de la Plata, hoy nuestra república. Otra cosa es celebrarlos en nombre de una proclama [revolución (nótese la «r» mayúscula) e independencia] con poco asidero en datos, hechos, procesos y desarrollos comprobables.

¿Quiénes convocaron e integraron aquel Cabildo Abierto que aprovechó la debilidad de una España invadida para enfrentarla? ¿Quiénes conformaron una dirigencia autóctona ya escindida por la eterna confrontación entre intereses de la capital y del interior? ¿A quiénes beneficiaron la liberación del dominio español y el posterior compromiso (comercial, económico, político) con otras potencias extranjeras, en especial Gran Bretaña y más tarde Estados Unidos?

¿Podemos hablar de «revolución» y festejarla cuando la «gesta» de mayo de 1810 distó de ser un movimiento popular, y de implementar un cambio radical en prácticas políticas y económicas regidas por la mentalidad colonial?

¿Hasta qué punto sorteamos el triste destino que las metrópolis de turno le impusieron a Latinoamérica? ¿Qué proporción de argentinos vivió (vive en el presente) en condiciones superiores a las de sus pares regionales? ¿Qué proporción vivió/vive como los habitantes de Canadá y Australia, países tan revolucionarios, independientes y jóvenes como el nuestro?

¿Podemos hablar de «independencia» y, más aún, festejarla cuando nuestra soberanía remite a la existencia de ciertos límites territoriales en distintas ocasiones cuestionados/disputados, y a cierta capacidad dirigencial cuyas decisiones no deben alterar la calma de protagonistas y actividades asociados a intereses multinacionales, léase foráneos?

Abandonemos el análisis histórico y repasemos los siguientes datos extraídos de este informe anual que Unicef publicó en 2008:

 En Argentina, un 60% del total de muertes ocurridas en menores de 1 año son evitables. En pleno siglo XXI creció la brecha entre provincias: por ej, el riesgo de deceso es 3 veces superior en Chaco que en Tierra del Fuego.

 El porcentaje de mujeres fallecidas por causas evitables, relacionadas con el embarazo y el parto, es de 44 por 100.000 nacidos vivos. Las disparidades regionales son evidentes: en la Ciudad de Buenos Aires el porcentaje es de 18 por 100.000 nacidos vivos mientras que en la provincia de Jujuy asciende a 165 por 100.000.

 El 8% de los niños padecen de desnutrición crónica, y la proporción alcanza el 15,5% en el noroeste argentino. Además, en promedio, 1 de cada 3 niños menores de 2 años no cubre la ingesta necesaria de calorías, y un 40% de menores vive en hogares indigentes.

 Los más de 600 mil indígenas que contabilizó el último censo viven en comunidades con los índices más severos de mortalidad materna e infantil, enfermedades de transmisión sexual, tuberculosis, enfermedad de Chagas, desnutrición e infecciones respiratorias en la infancia, además del peor acceso a la salud y a la educación.

 En la región del noreste argentino, 2 de cada 10 niños no finalizan los primeros seis años de escolaridad, y 4 de cada 10 no logran egresar de la secundaria básica.

 El trabajo infantil alcanza al 6,5% de los niños y las niñas. El fenómeno aumenta su incidencia en ámbitos rurales donde el 8% de los niños de 5 a 13 años trabajan frente a 6,4% en ámbitos urbanos.

 El analfabetismo, que a nivel nacional es prácticamente inexistente, alcanza al 11% de la población indígena. Asimismo, un 27% de estos argentinos no logran completar el nivel primario y un 45,8% el nivel secundario.

¿Realmente estamos en condiciones de festejar?

No… A lo sumo, el próximo 25 de mayo de 2010 será una buena oportunidad para que los argentinos superemos las verdades grabadas a fuego por maestros sarmientinos, manuales maniqueos y una/dos revistas infantiles acordes. La importancia de esta fecha redonda debería invitarnos a repasar nuestra historia con madurez y lucidez, a analizar las marchas y contramarchas de nuestra evolución (prescindamos de la bendita «r» inicial) como Estado-Nación, a tratar de comprender porqué no pudimos/ supimos/conseguimos convertirnos en un pueblo realmente soberano.