Carancho

Para esta admiradora del trabajo de Pablo Trapero (salvo por una sola excepción a la regla), el único defecto de Carancho es extra-cinematográfico, y se relaciona con su estrategia promocional. De hecho, la omnipresencia de trailers, entrevistas, material de backstage en diarios, revistas, sitios web, blogs y Facebook corre el riesgo de saturar -y por lo tanto de predisponer mal- a quienes sospechan lo peor de las campañas de marketing tan insistentes, casi invasivas.

En principio, la conocida trayectoria de este director argentino debería alcanzar para despertar la curiosidad del público local respecto de un último estreno. Seguro, muchos compatriotas recordarán a Leonera como el antecedente más reciente de quien diez años atrás supo ganarse un lugar indiscutido a partir de su primer largometraje, Mundo grúa.

En Carancho, Trapero confirma su capacidad de enmarcar una historia potente (con un muy buen manejo de la acción, tensión, sorpresa y suspenso) en un contexto preciso y significativo más allá del relato central. En esta ocasión, impresionan tanto el espiral de desatino, desesperación y violencia que «se chupa» a Sosa y Luján como el retrato de un conurbano sometido a la ley no tanto de la calle, sino de policías, abogados y médicos corruptos. 

En este sentido, el film que se estrena hoy comparte algunos elementos de El bonaerense: protagonismo asignado a un antihéroe víctima de un sistema perverso, denuncia de una delincuencia institucional (aquélla que parecen ignorar o excusar quienes exigen represión para combatir la inseguridad), fresco de un submundo infiltrado en el cinturón metropolitano.

Además del guión que co-escribieron Alejandro Fadel, Martín Mauregui, Santiago Mitre y el propio Trapero, cabe destacar la fotografía de Julián Apezteguia y las actuaciones de Ricardo Darín y Martina Gusmán. Coincidencias del oficio cinematográfico, aquí el protagonista de El secreto de sus ojos vuelve a encarnar a un casi abogado («casi» por distintos motivos) enfrentado a los detentores de un poder perverso y pervertidor.

Entre tantos otros méritos, Carancho sortea con altura defectos recurrentes en el cine nacional. Por ejemplo, evita explicar/enseñar/aleccionar, y se cuida de subestimar al (y a la vez congraciarse con) el espectador.

Dada esta prueba de madurez artística, la decisión de bombardear al público con una campaña de prensa multimediática y prolongada resulta por lo menos contradictoria, cuando no contraproducente. Por suerte, los efectos nocivos de esta estrategia de marketing desaparecen apenas se apaga la luz y la dupla conformada por Trapero y Gusmán vuelve a brillar.