Paco

Paco es al flagelo de la droga (de una droga en especial) lo que Anita a la tragedia del atentado a la AMIA: una propuesta cinematográfica con buenas intenciones pero inconsistente a la hora de recrear hechos y realidades que los argentinos preferimos desestimar, olvidar o simplemente ignorar. Curiosamente los responsables de ambas películas eligieron titularlas con el nombre de sus protagonistas; la decisión evoca aquellos libros de lectura escolar cuyo héroe/heroína imparte alguna lección.

En su tercer largometraje, Diego Rafecas aborda una problemática compleja (ligada a un contexto de pobreza, desocupación y violencia) a partir de la experiencia de un niño bien que se vuelve adicto casi-casi por inercia. A este enfoque particular se le agregan otros elementos de ficción que también novelizan el sufrimiento de quienes consumen la llamada «pasta base de cocaína» (de ahí el acrónimo pa-co). Entre ellos, la ejecución de un atentado con conexión sudafricana, la necesidad moral de reparar esa falta, parlamentos sobre metafísica, religión y la energía espiritual que da el sol.

En esta dramatización moralizante, figuran los estereotipos con más gancho: la chica que se prostituye a cambio de «merca», los primos incestuosos provenientes de una familia fiestera, la hija díscola de padres ejemplares que se sospecha lesbiana, la parejita marginal fugada de un reformatorio trucho, el rockero adicto pero inofensivo, el rehabilitado susceptible de volver a caer, la hija de un travesti y víctima de abuso sistemático en un psiquiátrico.

Del lado institucional, están los policías implicados en actividades de narcotráfico, el psiquiatra corruptor, la senadora que ejerce sus funciones según preocupaciones, proyecciones e intereses propios, los periodistas acechantes (salvo por Nelson Castro que encarna una suerte de excepción a la regla), el sacerdote abierto al diálogo, los médicos y asistentes sociales con vocación de servicio pero con secretos dolorosos y/o embarazosos.

En el mejor de los casos, Paco será recordado como el primer intento del cine argentino por abordar la caída y recuperación de un adicto a la también llamada «droga de los pobres». Quienes le reconocen este mérito podrán señalar además 1) la pertinencia del subtítulo La punta del iceberg que asume el abordaje limitado (¿superficial?) de un problema mucho más profundo, y 2) el compromiso de los actores convocados: entre ellos Norma Aleandro y Luis Luque que, vaya coincidencia, también trabajaron en Anita.