Los santos sucios

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Especial. Cobertura BAFICI 2010
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Afirmar que Los santos sucios es «bizarra» nos libera del compromiso de calificarla y criticarla. Además, el galicismo tan de moda funciona muy bien para una película suscripta al género futurista-apocalíptico donde conviven alegremente versiones libres, alegorías crípticas y demás fábulas de mejor o peor calidad.

Justamente por su condición «rara» y experimental, cuesta recomendar el film de Luis Ortega. Por lo pronto, la historia de seis sobrevivientes que deben cruzar un río para escapar de un destino trágico, o al menos para probar suerte en otras tierras, presenta sus altibajos narrativos, sobre todo por la intervención de personajes cuya condición enigmática responde casi exclusivamente a cierto estereotipo freak (el niño enano es el ejemplo más claro).

Tampoco puede decirse que Alejandro Urdapilleta, Emir Seguel, Rubén Albarracín, Martina Juncadella, Brian Buley y el propio Ortega se luzcan especialmente en la piel de Rey, el Mudo, Berry, la Monita y el homónimo Brian. A lo sumo el primero de la lista es quien más evita la sobreactuación producto de un guión demasiado preocupado por subrayar el misterio que envuelve a estos santos sucios. 

En cambio, la propuesta del hijo de Palito sí se destaca por su estética posbélica, crítica, atemporal. Las ruinas sobre las que deambulan los personajes, los autos destartalados, los bares vacíos, las rutas desoladas que atraviesan bólidos no identificados, la presencia de cadáveres aún no enterrados crean una atmósfera apocalíptica palpable, contrapunto de una naturaleza indemne a la destrucción masiva.

Primero la frondosa vegetación ribereña; luego la playa de arena blanca sugieren la posibilidad de salvación para estos desheredados de una humanidad al borde de la extinción. 

Los santos sucios juega con otras especulaciones: sobre el tipo de vínculo que une a Rey y Cielo, las propiedades curativas/patológicas del amor (Berry encarna a las primeras; la Monito a las segundas), la elocuencia del silencio (en el caso del Mudo y Brian). Quizás esta invitación a la interpretación libre sea otro acierto de la propuesta de Ortega.

Dicho esto, la mayoría de los espectadores preferirá quedarse con la idea de que ésta es una película bizarra. Descabellada, interpretarán algunos; innovadora deducirán otros. Seguro pocos se atreven a (des)calificarla.