Alamar

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Especial. Cobertura BAFICI 2010
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Si resucitara, Jean Jacques Rousseau no dudaría en señalar a Alamar como prueba irrefutable de su teoría sobre la condición pacífica, libre y feliz del hombre cuando no lo corrompe la civilización. Aunque no es un documental en sentido estricto, la película de Pedro González-Rubio registra las semanas que Jorge comparte con su padre y su hijo Natán de cinco años en su hogar natal, ubicado en pleno arrecife de coral de Banco Chinchorro. La filmación de la convivencia armónica entre el viejo, el adulto y el niño, y de los tres con la madre naturaleza (a quien el director agradece en los créditos), no sólo nos recuerda la figura del «buen salvaje» que el pensador francés imaginó en el siglo XVIII; también nos invita a pensar en cuánto perdimos los seres humanos desde que rompimos lanzas con nuestro medio ambiente.

Por las dudas, cabe aclarar que este film va mucho más allá del mensaje ecológico-pedagógico que promueve Greenpeace. De hecho, su realizador despliega un poética visual y narrativa que se encuentra en las antípodas de las lecciones impartidas por producciones de corte alarmista y de las fábulas pergeñadas por tanques ultracomputadorizados y revolucionarios.

La cámara de González-Rubio extrae belleza de sus exploraciones submarinas, de esos cuerpos y cabellos dorados por el iodo y el sol, de esa Blanquita que concede cierta ilusión de domesticación, de esos momentos de aprendizaje, juego, complicidad, admiración amor entre padre e hijo, de ese grupo de pescadores que intercambian bromas, de esas playas de arenas blancas y aguas turquesas-celestes-verdes-azules.

En Alamar no nos topamos con tiburones asesinos, ni con tsunamis ni barcos con una historia digna del cine catástrofe. Al contrario, la propuesta de González-Rubio es un refugio estético, lírico, filosófico que nos rescata de la civilización y sus distintas expresiones de violencia y perversión.