34 años después. Otro análisis

Por Jorge Gómez
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El multitudinario acto del 24 de marzo en la Plaza de Mayo provocó algunos debates online interesantes. Tanto en Espectadores como en otros sitios hubo quienes lamentaron la presencia dominante de las organizadas columnas de los partidos políticos identificadas con sus pancartas y banderas, violentas, vociferantes, con una estética más parecida a la de un estadio de fútbol que a la de un solemne acto escolar. En la misma línea, varios foros festejaron la presencia de “los independientes”: por no tener encuadramiento partidario, estos ciudadanos parecen tener alguna superioridad moral sobre sus compatriotas militantes.

En mi opinión, y para empezar provocando, este desprecio por la actividad política tradicional es producto de una formidable victoria cultural de la dictadura cuyo golpe se quiso repudiar.

En nuestro país hay políticos que dicen no serlo (el rabino Sergio Bergman, Juan Carlos Blumberg, Francisco De Narváez, Mauricio Macri), y algunos insertan culposas adjetivaciones para justificar la acción política (“la buena”, “con mayúsculas”). También muchos suponen –sin ningún dato que lo demuestre– que cualquier ONG, fundación o corporación desconocidas tienen mayor credibilidad que una agrupación política.

Sin embargo, uno de los objetivos del proceso instaurado en 1976 fue terminar con la participación política. Justamente el 24 de marzo es cuando la actividad de las agrupaciones y sus militantes debe ser reivindicada. 

El golpe cuyo aniversario se conmemoró días atrás no fue en contra de los que no participaban en política. Los que irritaban (e irritan) a los que apoyaron aquella dictadura son los militantes organizados, los que tienen una posición y la defienden, los que son capaces de movilizarse por un ideal político, dedicarle tiempo, esforzarse, discutir en todos los sitios y –finalmente no es para tanto– putearse por un espacio en la Plaza.

Quienes no se meten en política pero cantan el himno y miran con atención los programas políticos de los domingos en la tele no deberían descalificar a los militantes porque tienen banderas raras, porque no se unen, porque cantan consignas propias y se pelean a los gritos. Ése es el triunfo del vaciamiento cultural que comenzó la dictadura y que se consolidó en los ’90.

Por el contrario, la inmensa militancia organizada que colmó el centro de Buenos Aires el 24 de marzo, con posiciones propias pero “todos en la Plaza” representa un triunfo sobre la noche de Videla, Agosti y Massera que quiso eliminar la política y no pudo. Quiso que olvidáramos la libertad y no pudo. Quiso terminar con todos los militantes que, 34 años después, volvieron a llenar la Plaza.