Whatever works

Salvando las distancias de rigor, Whatever works es a Woody Allen lo que Caín a José Saramago. En otras palabras, el último estreno del cineasta norteamericano* reedita de la manera más burda el clásico retrato de la intelligenzia neoyorkina, tanto que desaprovecha la calidad de un elenco irreprochable, integrado por Larry David, Evan Rachel Wood y Patricia Clarkson.

Tal vez por su sentido de la ironía, el creador de Curb your enthusiasm es el candidato más idóneo (al menos más que Kenneth Branagh, Will Ferrell y Jason Biggs) para interpretar al hombrecito neurótico que Allen encarnó durante años en películas propias y ajenas. Sin embargo, ni el TV showman ni otro en su lugar, ni siquiera Woody, pueden reparar los baches de un guión poco ingenioso e híper verborrágico (más de lo habitual).

Whatever works se reduce a una combinación de films anteriores. Por un lado, Boris Yellnikoff es divorciado, judío, misántropo, hipocondríaco, suicida, marxista, agnóstico. La característica más excepcional de esta criatura con sello WA es la prescindencia del psicoanálisis (claro que -no es lo mismo pero es igual- termina enamorándose de una psíquica).

Por otro lado, el protagonista se dirige al público del otro lado de la cámara como lo hizo el indignado Alvy Singer junto a Marshall McLuhan en Annie Hall; la joven, inocente y co-protagónica Melody se enamora de un hombre culto y mayor como Lee se enamoró de Frederick en Hannah y sus hermanas; los personajes resuelven sus vidas amorosas en un santiamén tal como sucede en Todos dicen te quiero… Y siguen las ¿felices? coincidencias. 
 
Sepan disculpar la insistencia en una observación válida para los últimos trabajos de Allen y Saramago: el problema no es la falta de originalidad, sino el hecho de que tanta repetición engendre la peor caricatura.

———————————–
* En teoría, Whatever works se estrenará el 15 de abril en la cartelera porteña.