Dos hermanos, de Daniel Burman

A Daniel Burman le gusta desentrañar los vínculos familiares de la (pequeña y no tanto) burguesía porteña contemporánea. Así como en Esperando al mesías y El abrazo partido se concentró en la condición de hijo, en Derecho de familia abordó la problemática de la paternidad recién estrenada, en El nido vacío bromeó sobre el síndrome que padecen los esposos cuando los vástagos se independizan, y ahora en Dos hermanos (cuyo estreno está previsto para mañana, jueves Santo) se les anima a la vejez y a la relación fraterna.

Mirtha Legrand es el gran referente no sólo para Marcos y Susana Garmenier, sino para otros ciudadanos tan cuidadosos de las apariencias, del qué dirán, del status de pertenencia y al mismo tiempo tan dispuestos a ofender, estafar, birlar, esquilmar. La señora de la televisión argentina es el modelo a seguir, y un espejo donde rebota la indigesta realidad (no por casualidad uno de los protagonistas la escucha elogiar a su adorada hermana Silvia).

La televisación de los famosos almuerzos convoca, acerca, incluso reconcilia a los herederos de Neneca. Igual que la asistencia «colada» a eventos exclusivos y, hacia el final, el estreno de una obra de teatro barrial.

Quizás éstos sean los personajes más sórdidos que Burman se haya atrevido a filmar, inspirado en el libro homónimo (también titulado Villa Laura) de Diego Dubcovsky. Es una lástima que el cineasta argentino no se anime a llegar al fondo de la osadía o, en otras palabras, decida resolver un viejo conflicto familiar de una manera convencional, apelando a la emoción fácil y a un paso de comedia que termina de evidenciarse en el número de tap que acompaña la proyección de los créditos finales.

[Dicho sea de paso, el agradecimiento a la Chiqui es otro gesto de corrección política que termina mitigando la ironía inicial, y que parece abrir el paraguas ante una eventual reacción desfavorable por parte de la diva blonda.]

A Graciela Borges le sienta muy bien su personaje, cuyo perfil bienudo, manipulador, alcohólico nos recuerda a la Mecha que encarnó en La ciénaga y a la Beba que Norma Aleandro interpretó en Cama adentro. Pero Antonio Gasalla se luce más, quizás porque es mayor su versatilidad, aún cuando a veces se le escape algún tic de sus criaturas televisivas.

Las peleas de consorcio, la necesidad de escuchar detrás de las paredes, la preocupación por el fracaso que resulta un velatorio sin asistentes, la compulsión por señar departamentos en nombre de una inmobiliaria norteamericana inexistente, la obsesión por fraguar/acumular tarjetas de presentación, el proyecto de vivir en Uruguay donde «el dinero rinde mucho más», la ocurrencia de improvisar un servicio de delivery gastronómico, la pretensión de que un perfecto desconocido sea Clint Eastwood, la ilusión de que Mirtha se convierta en vecina son algunos de elementos que Burman explota para esbozar la caricatura de una burguesía venida a menos.

Es una pena. Algunos espectadores nos quedamos con las ganas de ver algo más que un bosquejo.