No sólo el 2 de abril; también el 30 de marzo

Por Jorge Gómez
—————————-

En la próxima conmemoración del 2 de abril de 1982, seguro muchos repiten las críticas a la conducción de Leopoldo Fortunato Galtieri, vinculan la derrota de Malvinas con la caída de la dictadura, evocan «nuestros legítimos derechos» y no mucho más. Es posible que el silencio sobre algunos sucesos de aquel otoño lejano pretenda esconder/disimular la euforia nacionalista en torno a la isla y el formidable apoyo a las estrategias y acciones de un gobierno en el que nadie quiere reconocerse.

El martes 30 de marzo de 1982, la CGT Brasil liderada por Saúl Ubaldini organizó una jornada de protesta en varias ciudades del país contra la dictadura impuesta desde 1976. Esta medida se sumó a múltiples signos de deterioro y resistencia que enfrentaba la Junta de Comandantes compuesta por el mencionado Galtieri, Jorge Isaac Anaya y Basilio Lami Dozo: entre ellos, un paro general el 22 de julio del año anterior y una formidable manifestación de más de 30 mil personas el 7 de noviembre en el barrio porteño de Liniers (la primera en muchos años y duramente reprimida).

El paro y movilización del 30 de marzo contó con la adhesión de los principales partidos políticos, reunidos en la Multipartidaria, y distintas agrupaciones estudiantiles, de izquierda y de derechos humanos. En el microcentro de la ciudad de Buenos Aires, unas 50 mil personas fueron reprimidas cuando trataban de llegar a la Plaza de Mayo.

Los manifestantes corrían entre gases lacrimógenos y caballos por las callecitas de «la city», mientras los empleados que salían de las oficinas expresaban su simpatía aplaudiendo o coreando consignas de la marcha (“libertad”, “que se vayan”, “se va a acabar/la dictadura militar”). La policía apaleó a miles en todo el país, asesinó en Mendoza a José Benedicto Ortiz y encarceló a decenas de activistas, entre ellos a Ubaldini, Adolfo Pérez Esquivel y un dirigente justicialista que había sido gobernador de La Rioja: Carlos Saúl Menem.

Los diarios del día siguiente reflejaron en sus tapas los “importantes disturbios” y la sensación de que la estabilidad de la Junta Militar estaba seriamente amenazada. Sin embargo, tres días después, tropas argentinas tomaron el poder en las islas Malvinas, y en todo nuestro territorio se desató una imparable ola de entusiasmo nacionalista.

La mayoría de los políticos argentinos entendió que debía subordinar las críticas al Proceso y apoyó sin reservas la gesta de recuperación territorial. Por su parte, el General Oscar Saint Jean, ministro del Interior que había comandado la represión del día 30, liberó a Ubaldini y a los demás dirigentes presos para llevarlos el 7 de abril al archipiélago y compartir una misa en ese suelo patrio.

Junto al líder de la CGT viajaron figuras representativas de la sociedad: Deolindo Bittel del Partido Justicialista, Carlos Contin de la UCR, el Dr. René Favaloro en representación del mundo científico, los presidentes de la Sociedad Rural, de la UIA, el político e historiador Abelardo Ramos, el periodista José Gómez Fuentes, monseñor Desiderio Collino entre otros, todos acompañados por el primer comandante de la dictadura, Jorge Rafael Videla.

El sábado 4 de abril, se produjo una concentración masiva en Plaza de Mayo, coordinada amablemente por la misma policía que había gaseado unos días antes. En esta oportunidad, un público enfervorizado entonó rítmicas consignas de apoyo al líder de la reconquista (“Y pegue, Galtieri, pegue”) y atacó al enemigo con el gracejo futbolero que nos distingue en el concierto de las naciones: «No cabe duda/ La reina de Inglaterra es la reina más boluda».

Los hechos posteriores son bien conocidos. Nuestra intención es iluminar el violento cambio de actitud que protagonizaron, casi en su totalidad, quienes primero se opusieron al gobierno de facto y luego aceptaron la aventura militar y el liderazgo de Galtieri, apoyaron de manera activa las acciones del Poder Ejecutivo y, sólo cerca de la capitulación, recordaron que vivían bajo una dictadura asesina.

Es posible que no haya existido alternativa ante una población sensibilizada por una formidable campaña mediática, o que a la sociedad argentina le haya faltado vigor para despegarse de un Estado totalitario que caería en breve, o simplemente que todos hayamos sentido el deber de unirnos cuando la patria estaba en guerra.

De cualquier manera, nos parece que los hechos habitualmente ocultos que aquí reseñamos (la resistencia a la dictadura y la inmediata colaboración) resultan inexplicables en el raquítico relato más divulgado sobre Malvinas. Tal vez la incorporación de estos elementos y el esfuerzo que podamos hacer para darles consistencia y sentido nos permitan festejar o rechazar no sólo el 2 de abril…; también el 30 de marzo.