Cómo entrenar a tu dragón

Ni el respaldo de una compañía de la talla de Dreamworks, ni la revolución que supone la tecnología 3D, ni las lecciones de tolerancia, convivencia y anti-violencia convencen a quien suscribe de las virtudes del cine animado que Hollywood insiste en producir para el público infantil. De hecho, los reparos de esta reseña se originan menos en las características medianamente digeribles de Cómo entrenar a tu dragón que en el fastidio que algunos espectadores sentimos ante las fábulas sobre el fracaso, el éxito y el liderazgo.

La historia de este film que hoy desembarca en las salas de Buenos Aires despliega las enseñanzas «inspiradoras» que también encontramos en best sellers de autoestima y autoayuda. A saber: 1) cómo confiar en nuestra condición de seres únicos e irrepetibles (y dejar de preocuparnos por encajar entre nuestros pares); 2) cómo desprendernos de las etiquetas que nos impusieron/ponen los demás (en especial nuestros padres); 3) cómo animarnos a enfrentar prejuicios, aclarar malentendidos, proponer alternativas; 4) cómo aprender a escuchar el corazón y la intuición.

Ajenos al criterio de diversidad con el que René Goscinny y Albert Uderzo retrataron a los galos de Astérix, los vikingos del guionista y director Dean DeBlois conforman una masa uniforme que sólo sirve para señalar/subrayar las particularidades del protagonista Hiccup (Hipo en la versión en castellano «neutro»*) y para ilustrar las siguientes conductas contraindicadas: insistencia en uniformizar en nombre de una identidad, asignación de roles en función de defectos y virtudes personales, estigmatización paterna, reivindicación de verdades consideradas absolutas y por lo tanto irrefutables.

Desde el punto de vista estético, sorprende que el dragón a cargo del rol co-protagónico sea menos lindo/simpático que sus pares. Quizás la decisión de cruzar gato con murciélago haya pretendido evocar el terror que estos animales inspiraron en épocas pasadas, pero lo cierto es que a algunos chicos les costará sentir empatía por una cuasi-mascota tan poco agraciada.

En cambio, el resto de la fauna mitológica tiene altas chances de conquistar a la platea gracias a la fugaz intervención de algunos ejemplares con un carisma similar al del recordado (y televisivo) dragonfly o mosquito dragón. Otro punto a favor: aquí hay más diversidad que en la comunidad vikinga.

Los adultos preocupados por la fragilidad anímica de sus niños agradecerán que Dreamworks les enseñe a domesticar un animal sin las consecuencias trágicas de Crin blanca o El corcel negro. En cambio, aquéllos concientes de los efectos adversos que provoca el consumo abusivo de entretenimiento masivo le reprochamos la conversión de una propuesta en principio original (¿acaso alguien más filmó el enfrentamiento entre dragones y vikingos?) en simple manual sobre el fracaso, el éxito y el liderazgo.

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* Dicho sea de paso, el doblaje impide reconocer las voces de los ¿ascendentes? Gerard Butler, Jay Baruchel, Jonah Hill y América Ferrera.