Loco corazón

Los admiradores de Jeff Bridges pueden quedarse tranquilos: la interpretación que el ex Dude hace de Bad Blake no sólo es la mayor virtud de Loco corazón; también legitima el Oscar obtenido la semana pasada. Como en Los fabulosos Baker Boys, en el largometraje de Scott Cooper el veterano actor norteamericano se convierte en músico -aquí cantante country- con talento pero con una carrera truncada por cierta (in)conducta contraria a las exigencias que impone el éxito.

La banda de sonido, la fotografía, las actuaciones de Maggie GyllenhaalColin Farrell y el entrañable Robert Duvall (que, dicho sea de paso, produjo la película) son los otros puntos a favor de una propuesta ajena a la estética hollywoodense pero sujeta a sus dictámenes morales. De ahí la aplicación de ciertos lugares comunes como el incidente del niño bajo el cuidado de un adulto alcohólico, la imperiosa necesidad de «salvar» al protagonista o la importancia asignada al poder curativo del amor.

Bridges consigue sensibilizarnos respecto del problema de alcoholismo y abandono que sufre su personaje pero, probablemente por indicación del guión, elabora una versión mesurada (¿tal vez algo edulcorada?) de este antihéroe en principio condenado al olvido e incluso a una muerte anunciada que no es exclusivamente artística. Aún a pesar de esta limitación, Blake no sólo seduce y conmueve sino que nos conecta con un Estados Unidos desvinculado del californian way of life, y por lo tanto menos publicitario.

Por sus aciertos, Crazy heart es un título querible, comparable con El luchador (aunque algunos espectadores preferimos el trabajo de Darren Aronofsky con el verdaderamente resucitado Mickey Rourke). En una galaxia paralela, debería haber integrado la lista de candidatos al Oscar por mejor película (de lejos, es más digno de esta distinción que Avatar, Amor sin escalas, Un sueño posible o The blind side, Enseñanza de vida y Preciosa)… y ganar una mención especial tras perder ante la elegida Un hombre serio.