Una de zombies

Martes, 8.40 AM. Tren con destino a Retiro.

Consigo asiento en un vagón repleto, y enseguida entro en estado de duermevela. Adivino cada arranque y frenada, cada estación, cada ascenso y descenso de pasajeros, pero soy incapaz de presentir la cercanía de una mano que termina golpeteando mi hombro. Una, dos, tres veces.

Abro los ojos, giro la cabeza. Un hombre sucio, desgreñado, harapiento se abre paso entre dos jóvenes atildados que, de pie, escoltan mi lugar de privilegio. El individuo extiende su mano, abre su boca, no pronuncia palabra; en cambio babea y espera.

Permanezco inmóvil ante este intruso de mirada perdida, saliva a flor de labios, cuerpo maloliente, gesto autómata, brazo agarrotado. Igual de crispados, los demás pasajeros simulan no verlo, quizás se santigüen por dentro (si es que esto es posible).

En cuestión de segundos el alma en pena vuelve a insistir, ya no conmigo sino con dos o tres mortales apoltronados en los asientos de adelante. La coreografía se repite: golpeteo, paso, mano, boca, baba, espera por un lado; sorpresa, susto, inacción por otro lado.

Después de estos intentos, el aparecido termina desapareciendo entre tantos pasajeros distraídos y -vaya contradicción- dispuestísimos a dejarlo pasar… y partir.

Cuanto antes, mejor.

Así podría comenzar el guión de una (mala) película de zombies. Sin embargo, ésta es la transcripción de una anécdota personal que da cuenta de la pobreza y desprotección extremas padecidas por compatriotas (no del lejano y olvidado Chaco sino de la mimada Buenos Aires) y de la abulia y mezquindad de quienes, comparación mediante, somos ciudadanos privilegiados.

Por otra parte, la ocurrencia de los zombies invita a pensar en la pertinencia de un género literario-cinematográfico que exorciza miedos, fantasmas y fobias (entre ellos, también los más burgueses y contrarios a todo principio solidario), y que en ocasiones parece advertir sobre el peligro de que los seres humanos perdamos nuestra sensibilidad y quedemos reducidos a la triste e irreversible condición de muertos vivos.