Una de zombies

Martes, 8.40 AM. Tren con destino a Retiro.

Consigo asiento en un vagón repleto, y enseguida entro en estado de duermevela. Adivino cada arranque y frenada, cada estación, cada ascenso y descenso de pasajeros, pero soy incapaz de presentir la cercanía de una mano que termina golpeteando mi hombro. Una, dos, tres veces.

Abro los ojos, giro la cabeza. Un hombre sucio, desgreñado, harapiento se abre paso entre dos jóvenes atildados que, de pie, escoltan mi lugar de privilegio. El individuo extiende su mano, abre su boca, no pronuncia palabra; en cambio babea y espera.

Permanezco inmóvil ante este intruso de mirada perdida, saliva a flor de labios, cuerpo maloliente, gesto autómata, brazo agarrotado. Igual de crispados, los demás pasajeros simulan no verlo, quizás se santigüen por dentro (si es que esto es posible).

En cuestión de segundos el alma en pena vuelve a insistir, ya no conmigo sino con dos o tres mortales apoltronados en los asientos de adelante. La coreografía se repite: golpeteo, paso, mano, boca, baba, espera por un lado; sorpresa, susto, inacción por otro lado.

Después de estos intentos, el aparecido termina desapareciendo entre tantos pasajeros distraídos y -vaya contradicción- dispuestísimos a dejarlo pasar… y partir.

Cuanto antes, mejor.

Así podría comenzar el guión de una (mala) película de zombies. Sin embargo, ésta es la transcripción de una anécdota personal que da cuenta de la pobreza y desprotección extremas padecidas por compatriotas (no del lejano y olvidado Chaco sino de la mimada Buenos Aires) y de la abulia y mezquindad de quienes, comparación mediante, somos ciudadanos privilegiados.

Por otra parte, la ocurrencia de los zombies invita a pensar en la pertinencia de un género literario-cinematográfico que exorciza miedos, fantasmas y fobias (entre ellos, también los más burgueses y contrarios a todo principio solidario), y que en ocasiones parece advertir sobre el peligro de que los seres humanos perdamos nuestra sensibilidad y quedemos reducidos a la triste e irreversible condición de muertos vivos.

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María Bertoni

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, el 13 de septiembre de 1972. Trabajo en el ámbito de la comunicación institucional y de vez en cuando redacto, edito, traduzco textos por encargo. Descubrí la blogósfera en 2004.

2 thoughts on “Una de zombies

  1. De terror se vuelve -progresivamente- nuestra existencia y la perdida de sensibilidad que nos permite safar de situaciones como esta nos va encerrando en un callejón sin salida.

  2. De lejos, las personas como este “aparecido” que describís en tu post pueden parecer zombies. Pero de cerca, los más parecidos a zombies somos las momias (otra metáfora) que no se inmutan ante alguien que apenas tiene fuerza para tender una mano en busca de alguna “limosna” (palabra que odio).

    Cuando leí textos de Marx referidos al “ejército industrial de reserva” y a su posterior conversión en una gran masa de desempleados y desclasados que terminarían levantándose contra el orden instaurado, siempre pensé en zombies. Cuando vi película de zombies, en algún momento recordé los pronósticos de Marx.

    Alberto lo dice muy bien: ” de terror”.

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